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Capitalismo,
sistema económico en el que los individuos privados y las
empresas de negocios llevan a cabo
la producción y el intercambio
de bienes y servicios mediante complejas transacciones en las
que intervienen los precios y los
mercados. Aunque tiene sus orígenes
en la antigüedad, el desarrollo del capitalismo es un fenómeno
europeo; fue evolucionando en distintas etapas, hasta considerarse
establecido en la segunda mitad del siglo XIX. Desde Europa, y
en concreto desde Inglaterra, el sistema capitalista se fue extendiendo
a todo el mundo, siendo el sistema socioeconómico casi
exclusivo en el ámbito mundial hasta el estallido de la
I Guerra Mundial, tras la cual se estableció un nuevo
sistema socioeconómico, el comunismo,
que se convirtió en el opuesto al capitalista.
El
término kapitalism fue acuñado a mediados del siglo
XIX por el economista alemán Karl
Marx. Otras expresiones sinónimas de capitalismo
son sistema de libre empresa y economía
de mercado, que se utilizan para referirse a aquellos sistemas
socioeconómicos no comunistas. Algunas veces se utiliza
el término economía mixta
para describir el sistema capitalista con intervención
del sector público que predomina en casi todas las economías
de los países industrializados.
Se
puede decir que, de existir un fundador del sistema capitalista,
éste es el filósofo escocés Adam
Smith, que fue el primero en describir los principios económicos
básicos que definen al capitalismo. En su obra clásica
Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza
de las naciones (1776), Smith intentó demostrar que era
posible buscar la ganancia personal de forma que no sólo
se pudiera alcanzar el objetivo individual sino también
la mejora de la sociedad. Los intereses sociales radican en lograr
el máximo nivel de producción de los bienes que
la gente desea poseer. Con una frase que se ha hecho famosa, Smith
decía que la combinación del interés personal,
la propiedad y la competencia
entre vendedores en el mercado llevaría a los productores,
"gracias a una mano invisible", a alcanzar un objetivo que no
habían buscado de manera consciente: el bienestar de la
sociedad.
Características
del capitalismo
A
lo largo de su historia, pero sobre todo durante su auge en la
segunda mitad del siglo XIX, el capitalismo tuvo una serie de
características básicas. En primer lugar, los medios
de producción —tierra y capital—
son de propiedad privada. En este contexto el capital se refiere
a los edificios, la maquinaria y otras herramientas utilizadas
para producir bienes y servicios destinados al consumo. En segundo
lugar, la actividad económica aparece organizada y coordinada
por la interacción entre compradores y vendedores (o productores)
que se produce en los mercados. En tercer lugar, tanto los propietarios
de la tierra y el capital como los trabajadores, son libres y
buscan maximizar su bienestar, por lo que intentan sacar el mayor
partido posible de sus recursos y del trabajo que utilizan para
producir; los consumidores pueden gastar como y cuando quieran
sus ingresos para obtener la mayor
satisfacción posible. Este principio, que se denomina soberanía
del consumidor, refleja que, en un sistema capitalista, los productores
se verán obligados, debido a la competencia, a utilizar
sus recursos de forma que puedan satisfacer la demanda de los
consumidores; el interés personal y la búsqueda
de beneficios les lleva a seguir esta estrategia. En cuarto lugar,
bajo el sistema capitalista el control del sector privado por
parte del sector público debe ser mínimo; se considera
que si existe competencia, la actividad económica se controlará
a sí misma; la actividad del gobierno sólo es necesaria
para gestionar la defensa nacional, hacer respetar la propiedad
privada y garantizar el cumplimiento de los contratos.
Esta visión decimonónica del papel del Estado en
el sistema capitalista ha cambiado mucho durante el siglo XX.
Orígenes
Tanto
los mercaderes como el comercio existen
desde que existe la civilización, pero el capitalismo como
sistema económico no apareció hasta el siglo XIII
en Europa sustituyendo al feudalismo.
Según Adam Smith, los seres humanos siempre han tenido
una fuerte tendencia a "realizar trueques, cambios e intercambios
de unas cosas por otras". Este impulso natural hacia el comercio
y el intercambio fue acentuado y fomentado por las Cruzadas que
se organizaron en Europa occidental desde el siglo XI hasta el
siglo XIII. Las grandes travesías y expediciones de los
siglos XV y XVI reforzaron estas tendencias y fomentaron el comercio,
sobre todo tras el descubrimiento del Nuevo Mundo y la entrada
en Europa de ingentes cantidades de metales preciosos provenientes
de aquellas tierras. El orden económico resultante de estos
acontecimientos fue un sistema en el que predominaba lo comercial
o mercantil, es decir, cuyo objetivo principal consistía
en intercambiar bienes y no en producirlos. La importancia de
la producción no se hizo patente hasta la Revolución
industrial que tuvo lugar en el siglo XIX.
Sin
embargo, ya antes del inicio de la industrialización había
aparecido una de las figuras más características
del capitalismo, el empresario, que
es, según Schumpeter, el individuo que asume riesgos económicos.
Un elemento clave del capitalismo es la iniciación de una
actividad con el fin de obtener beneficios en el futuro; puesto
que éste es desconocido, tanto la posibilidad de obtener
ganancias como el riesgo de incurrir en pérdidas son dos
resultados posibles, por lo que el papel del empresario consiste
en asumir el riesgo de tener pérdidas.
El
camino hacia el capitalismo a partir del siglo XIII fue allanado
gracias a la filosofía del renacimiento
y de la Reforma. Estos movimientos
cambiaron de forma drástica la sociedad, facilitando la
aparición de los modernos Estados nacionales que proporcionaron
las condiciones necesarias para el crecimiento y desarrollo del
capitalismo. Este crecimiento fue posible gracias a la acumulación
del excedente económico que generaba el empresario privado
y a la reinversión de este excedente para generar mayor
crecimiento.
Mercantilismo
Desde
el siglo XV hasta el siglo XVIII, cuando aparecieron los modernos
Estados nacionales, el capitalismo no sólo tenía
una faceta comercial, sino que también dio lugar a una
nueva forma de comerciar, denominada mercantilismo.
Esta línea de pensamiento económico, este nuevo
capitalismo, alcanzó su máximo desarrollo en Inglaterra
y Francia.
El
sistema mercantilista se basaba en la propiedad privada y en la
utilización de los mercados como forma de organizar la
actividad económica. A diferencia del capitalismo de Adam
Smith, el objetivo fundamental del mercantilismo consistía
en maximizar el interés del Estado soberano, y no el de
los propietarios de los recursos económicos fortaleciendo
así la estructura del naciente Estado nacional. Con este
fin, el gobierno ejercía un control de la producción,
del comercio y del consumo.
La
principal característica del mercantilismo era la preocupación
por acumular riqueza nacional, materializándose ésta
en las reservas de oro y plata que tuviera un Estado. Dado que
los países no tenían grandes reservas naturales
de estos metales preciosos, la única forma de acumularlos
era a través del comercio. Esto suponía favorecer
una balanza comercial positiva o, lo que es lo mismo, que las
exportaciones superaran en volumen y valor a las importaciones,
ya que los pagos internacionales se realizaban con oro y plata.
Los Estados mercantilistas intentaban mantener salarios
bajos para desincentivar las importaciones, fomentar las exportaciones
y aumentar la entrada de oro.
Más
tarde, algunos teóricos de la economía como David
Hume comprendieron que la riqueza de una nación no se asentaba
en la cantidad de metales preciosos que tuviese almacenada, sino
en su capacidad productiva. Se dieron cuenta que la entrada de
oro y plata elevaría el nivel de actividad económica,
lo que permitiría a los Estados aumentar su recaudación
impositiva, pero también supondría
un aumento del dinero en circulación, y por tanto mayor
inflación, lo que reduciría su capacidad exportadora
y haría más baratas las importaciones por lo que,
al final del proceso, saldrían metales preciosos del país.
Sin embargo, pocos gobiernos mercantilistas comprendieron la importancia
de este mecanismo.
Inicios
del capitalismo moderno
Dos
acontecimientos propiciaron la aparición del capitalismo
moderno; los dos se produjeron durante la segunda mitad del siglo
XVIII. El primero fue la aparición en Francia de los fisiócratas
desde mediados de este siglo; el segundo fue la publicación
de las ideas de Adam Smith sobre la teoría y práctica
del mercantilismo.
Los
fisiócratas
El
término fisiocracia se aplica a una escuela de pensamiento
económico que sugería que en economía existía
un orden natural que no requiere la intervención del Estado
para mejorar las condiciones de vida de las personas. La figura
más destacada de la fisiocracia fue el economista francés
François Quesnay, que definió
los principios básicos de esta escuela de pensamiento en
Tableau économique (Cuadro económico, 1758), un
diagrama en el que explicaba los flujos de dinero y de bienes
que constituyen el núcleo básico de una economía.
Simplificando, los fisiócratas pensaban que estos flujos
eran circulares y se retroalimentaban. Sin embargo la idea más
importante de los fisiócratas era su división de
la sociedad en tres clases: una clase productiva formada por los
agricultores, los pescadores y los mineros, que constituían
el 50% de la población; la clase propietaria, o clase estéril,
formada por los terratenientes, que representaban la cuarta parte,
y los artesanos, que constituían el resto.
La
importancia del Tableau de Quesnay radicaba en su idea de que
sólo la clase agrícola era capaz de producir un
excedente económico, o producto neto. El Estado podía
utilizar este excedente para aumentar el flujo de bienes y de
dinero o podía cobrar impuestos para financiar sus gastos.
El resto de las actividades, como las manufacturas, eran consideradas
estériles porque no creaban riqueza sino que sólo
transformaban los productos de la clase productiva. (El confucianismo
ortodoxo chino tenía principios parecidos a estas ideas).
Este principio fisiocrático era contrario a las ideas mercantilistas.
Si la industria no crea riqueza, es inútil que el Estado
intente aumentar la riqueza de la sociedad dirigiendo y regulando
la actividad económica.
La
doctrina de Adam Smith
Las
ideas de Adam Smith no sólo fueron un tratado sistemático
de economía; fueron un ataque frontal a la doctrina mercantilista.
Al igual que los fisiócratas, Smith intentaba demostrar
la existencia de un orden económico natural, que funcionaría
con más eficacia cuanto menos interviniese el Estado. Sin
embargo, a diferencia de aquéllos, Smith no pensaba que
la industria no fuera productiva, o que el sector agrícola
era el único capaz de crear un excedente económico;
por el contrario, consideraba que la división
del trabajo y la ampliación de los mercados abrían
posibilidades ilimitadas para que la sociedad aumentara su riqueza
y su bienestar mediante la producción especializada y el
comercio entre las naciones.
Así
pues, tanto los fisiócratas como Smith ayudaron a extender
las ideas de que los poderes económicos de los Estados
debían ser reducidos y de que existía un orden natural
aplicable a la economía. Sin embargo fue Smith más
que los fisiócratas, quien abrió el camino de la
industrialización y de la aparición del capitalismo
moderno en el siglo XIX.
La
industrialización
Las
ideas de Smith y de los fisiócratas crearon la base ideológica
e intelectual que favoreció el inicio de la Revolución
industrial, término que sintetiza las transformaciones
económicas y sociales que se produjeron durante el siglo
XIX. Se considera que el origen de estos cambios se produjo a
finales del siglo XVIII en Gran Bretaña.
La
característica fundamental del proceso de industrialización
fue la introducción de la mecánica y de las máquinas
de vapor para reemplazar la tracción animal y humana en
la producción de bienes y servicios; esta mecanización
del proceso productivo supuso una serie de cambios fundamentales:
el proceso de producción se fue especializando y concentrando
en grandes centros denominados fábricas; los artesanos
y las pequeñas tiendas del siglo XVIII no desaparecieron
pero fueron relegados como actividades marginales; surgió
una nueva clase trabajadora que no era propietaria de los medios
de producción por lo que ofrecían trabajo a cambio
de un salario monetario; la aplicación de máquinas
de vapor al proceso productivo provocó un espectacular
aumento de la producción con menos costes. La consecuencia
última fue el aumento del nivel de
vida en todos los países en los que se produjo este
proceso a lo largo del siglo XIX.
El
desarrollo del capitalismo industrial tuvo importantes costes
sociales. Al principio, la industrialización se caracterizó
por las inhumanas condiciones de trabajo de la clase trabajadora.
La explotación infantil, las
jornadas laborales de 16 y 18 horas, y la insalubridad y peligrosidad
de las fábricas eran circunstancias comunes. Estas condiciones
llevaron a que surgieran numerosos críticos del sistema
que defendían distintos sistemas de propiedad comunitaria
o socializado; son los llamados socialistas utópicos. Sin
embargo, el primero en desarrollar una teoría coherente
fue Karl Marx, que pasó la mayor parte de su vida en Inglaterra,
país precursor del proceso de industrialización,
y autor de Das Kapital (El capital, 3 volúmenes, 1867-1894).
La obra de Marx, base intelectual de los sistemas comunistas que
predominaron en la antigua Unión Soviética, atacaba
el principio fundamental del capitalismo: la propiedad privada
de los medios de producción. Marx pensaba que la tierra
y el capital debían pertenecer a la comunidad y que los
productos del sistema debían distribuirse en función
de las distintas necesidades.
Con
el capitalismo aparecieron los ciclos económicos:
periodos de expansión y prosperidad seguidos de recesiones
y depresiones económicas que se caracterizan por la discriminación
de la actividad productiva y el aumento del desempleo.
Los economistas clásicos que siguieron las ideas de Adam
Smith no podían explicar estos altibajos de la actividad
económica y consideraban que era el precio inevitable que
había que pagar por el progreso que permitía el
desarrollo capitalista. Las críticas marxistas y las frecuentes
depresiones económicas que
se sucedían en los principales países capitalistas
ayudaron a la creación de movimientos sindicales
que luchaban para lograr aumentos salariales, disminución
de la jornada laboral y mejores condiciones laborales.
A
finales del siglo XIX, sobre todo en Estados Unidos, empezaron
a aparecer grandes corporaciones
de responsabilidad limitada que tenían un enorme poder
financiero. La tendencia hacia el control corporativo del proceso
productivo llevó a la creación de acuerdos entre
empresas, monopolios o trusts que
permitían el control de toda una industria. Las restricciones
al comercio que suponían estas asociaciones entre grandes
corporaciones provocó la aparición, por primera
vez en Estados Unidos, y más tarde en todos los demás
países capitalistas, de una legislación antitrusts,
que intentaba impedir la formación de trusts que formalizaran
monopolios e impidieran la competencia en las industrias y en
el comercio. Las leyes antitrusts no consiguieron restablecer
la competencia perfecta caracterizada por muchos pequeños
productores con la que soñaba Adam Smith, pero impidió
la creación de grandes monopolios que limitaran el libre
comercio.
A
pesar de estas dificultades iniciales, el capitalismo siguió
creciendo y prosperando casi sin restricciones a lo largo del
siglo XIX. Logró hacerlo así porque demostró
una enorme capacidad para crear riqueza y para mejorar el nivel
de vida de casi toda la población. A finales del siglo
XIX, el capitalismo era el principal sistema socioeconómico
mundial.
El
capitalismo en el siglo XX
Durante
casi todo el siglo XX, el capitalismo ha tenido que hacer frente
a numerosas guerras, revoluciones
y depresiones económicas. La I Guerra Mundial provocó
el estallido de la revolución en Rusia. La guerra también
fomentó el nacionalsocialismo
en Alemania, una perversa combinación de capitalismo y
socialismo de Estado, reunidos en
un régimen cuya violencia y ansias de expansión
provocaron un segundo conflicto bélico a escala mundial.
A finales de la II Guerra Mundial, los sistemas económicos
comunistas se extendieron por China y por toda Europa oriental.
Sin embargo, al finalizar la Guerra fría,
a finales de la década de 1980, los países del bloque
soviético empezaron a adoptar sistemas de libre mercado,
aunque con resultados ambiguos. China es el único gran
país que sigue teniendo un régimen marxista, aunque
se empezaron a desarrollar medidas de liberalización y
a abrir algunos mercados a la competencia exterior. Muchos países
en vías de desarrollo, con tendencias marxistas cuando
lograron su independencia, se tornan ahora hacia sistemas económicos
más o menos capitalistas, en búsqueda de soluciones
para sus problemas económicos.
En
las democracias industrializadas de Europa y Estados Unidos, la
mayor prueba que tuvo que superar el capitalismo se produjo a
partir de la década de 1930. La Gran Depresión fue,
sin duda, la más dura crisis a la que se enfrentó
el capitalismo desde sus inicios en el siglo XVIII. Sin embargo,
y a pesar de las predicciones de Marx, los países capitalistas
no se vieron envueltos en grandes revoluciones. Por el contrario,
al superar el desafío que representó esta crisis,
el sistema capitalista mostró una enorme capacidad de adaptación
y de supervivencia. No obstante, a partir de ella, los gobiernos
democráticos empezaron a intervenir en sus economías
para mitigar los inconvenientes y las injusticias que crea el
capitalismo.
Así,
en Estados Unidos el New Deal de
Franklin D. Roosevelt reestructuró
el sistema financiero para evitar que se repitiesen los movimientos
especulativos que provocaron el crack de
Wall Street en 1929. Se emprendieron acciones para fomentar
la negociación colectiva y
crear movimientos sociales de trabajadores que dificultaran la
concentración del poder económico en unas pocas
grandes corporaciones industriales. El desarrollo del Estado del
bienestar se consiguió gracias
al sistema de la Seguridad Social
y a la creación del seguro de desempleo, que pretendían
proteger a las personas de las ineficiencias económicas
inherentes al sistema capitalista.
El
acontecimiento más importante de la historia reciente del
capitalismo fue la publicación de la obra de John
Maynard Keynes, La teoría general del empleo, el
interés y el dinero (1936). Al igual que las ideas de Adam
Smith en el siglo XVIII, el pensamiento de Keynes modificó
en lo más profundo las ideas capitalistas, creándose
una nueva escuela de pensamiento económico denominada keynesianismo.
Keynes
demostró que un gobierno puede utilizar su poder económico,
su capacidad de gasto, sus impuestos y el control de la oferta
monetaria para paliar, e incluso en ocasiones eliminar,
el mayor inconveniente del capitalismo: los ciclos de expansión
y depresión. Según Keynes, durante una depresión
económica el gobierno debe aumentar el gasto público,
aun a costa de incurrir en déficit presupuestarios,
para compensar la caída del gasto privado. En una etapa
de expansión económica, la reacción debe
ser la contraria si la expansión está provocando
movimientos especulativos e inflacionistas.
Previsiones
de futuro
Durante
los 25 años posteriores a la II Guerra Mundial, la
combinación de las ideas keynesianas con el capitalismo
generaron una enorme expansión económica. Todos
los países capitalistas, también aquéllos
que perdieron la guerra, lograron un crecimiento constante, con
bajas tasas de inflación y crecientes niveles de vida.
Sin embargo a principios de la década de 1960 la inflación
y el desempleo empezaron a crecer en todas las economías
capitalistas, en las que las fórmulas keynesianas habían
dejado de funcionar. La menor oferta de energía y los crecientes
costos de la misma (en especial del petróleo) fueron las
principales causas de este cambio. Aparecieron nuevas demandas,
como por ejemplo la exigencia de limitar la contaminación
medioambiental, fomentar la igualdad de oportunidades y salarial
para las mujeres y las minorías, y la exigencia de indemnizaciones
por daños causados por productos en mal estado o por accidentes
laborales. Al mismo tiempo el gasto en materia social de los gobiernos
seguía creciendo, así como la mayor intervención
de éstos en la economía.
Es
necesario enmarcar esta situación en la perspectiva histórica
del capitalismo, destacando su enorme versatilidad y flexibilidad.
Los acontecimientos ocurridos en este siglo, sobre todo desde
la Gran Depresión, muestran que el capitalismo de economía
mixta o del Estado del bienestar ha logrado afianzarse en la economía,
consiguiendo evitar que las grandes recesiones económicas
puedan prolongarse y crear una crisis tan grave como la de la
década de 1930. Esto ya es un gran logro y se ha podido
alcanzar sin limitar las libertades personales ni las libertades
políticas que caracterizan a una democracia.
La
inflación de la década de 1970 se redujo a principios
de la década de 1980, gracias a dos hechos importantes.
En primer lugar, las políticas monetarias y fiscales
restrictivas de 1981-1982 provocaron una fuerte recesión
en Estados Unidos, Europa Occidental y el Sureste Asiático.
El desempleo aumentó, pero la inflación se redujo.
En segundo lugar, los precios de la energía cayeron al
reducirse el consumo mundial de petróleo. Mediada la década,
casi todos las economías occidentales se habían
recuperado de la recesión. La reacción ante el keynesianismo
se tradujo en un giro hacia políticas monetaristas
con privatizaciones y otras medidas
tendentes a reducir el tamaño del sector
público. Las crisis bursátiles de 1987 marcaron
el principio de un periodo de inestabilidad financiera. El crecimiento
económico se ralentizó y muchos países en
los que la deuda pública, la de las empresas y la de los
individuos habían alcanzado niveles sin precedente, entraron
en una profunda crisis con grandes tasas de desempleo a principios
de la década de 1990. La recuperación empezó
a mitad de esta década, aunque los niveles de desempleo
siguen siendo elevados, pero se mantiene una política de
cautela a la vista de los excesos de la década anterior.
El
principal objetivo de los países capitalistas consiste
en garantizar un alto nivel de empleo al tiempo que se pretende
mantener la estabilidad de los precios. Es, sin duda, un objetivo
muy ambicioso pero, a la vista de la flexibilidad del sistema
capitalista, no sólo resulta razonable sino, también,
asequible.
Liberalismo,
doctrinario económico, político y hasta filosófico
que aboga como premisa principal por el desarrollo de la libertad
personal individual y, a partir de ésta, por el progreso
de la sociedad. Hoy en día se considera que el objetivo
político del neoliberalismo es la democracia,
pero en el pasado muchos liberales consideraban este sistema de
gobierno como algo poco saludable por alentar la participación
de las masas en la vida política. A pesar de ello, el liberalismo
acabó por confundirse con los movimientos que pretendían
transformar el orden social existente mediante la profundización
de la democracia. Debe distinguirse pues entre el liberalismo
que propugna el cambio social de forma gradual y flexible, y el
radicalismo, que considera el cambio
social como algo fundamental que debe realizarse a través
de distintos principios de autoridad.
El
desarrollo del liberalismo en un país concreto, desde una
perspectiva general, se halla condicionado por el tipo de gobierno
con que cuente ese país. Por ejemplo, en los países
en que los estamentos políticos y religiosos están
disociados, el liberalismo implica, en síntesis, cambios
políticos y económicos. En los países confesionales
o en los que la Iglesia goza de gran influencia sobre el Estado,
el liberalismo ha estado históricamente unido al anticlericalismo.
En política interior, los liberales se oponen a las restricciones
que impiden a los individuos ascender socialmente, a las limitaciones
a la libertad de expresión o de opinión que establece
la censura y a la autoridad del Estado
ejercida con arbitrariedad e impunidad sobre el individuo. En
política internacional los liberales se oponen al predominio
de intereses militares en los asuntos exteriores, así como
a la explotación colonial de los pueblos indígenas,
por lo que han intentado implantar una política cosmopolita
de cooperación internacional. En cuanto a la economía,
los liberales han luchado contra los monopolios y las políticas
de Estado que han intentado someter la economía a su control.
Respecto a la religión, el liberalismo se ha opuesto tradicionalmente
a la interferencia de la Iglesia en los asuntos públicos
y a los intentos de grupos religiosos para influir sobre la opinión
pública.
A
veces se hace una distinción entre el llamado liberalismo
negativo y el liberalismo positivo. Entre los siglos XVII y XIX,
los liberales lucharon en primera línea contra la opresión,
la injusticia y los abusos de poder, al tiempo que defendían
la necesidad de que las personas ejercieran su libertad de forma
práctica, concreta y material. Hacia mediados del siglo
XIX, muchos liberales desarrollaron un programa más pragmático
que abogaba por una actividad constructiva del Estado en el campo
social, manteniendo la defensa de los intereses individuales.
Los seguidores actuales del liberalismo más antiguo rechazan
este cambio de actitud y acusan al liberalismo pragmático
de autoritarismo camuflado. Los defensores de este tipo de liberalismo
argumentan que la Iglesia y el Estado no son los únicos
obstáculos en el camino hacia la libertad, y que la pobreza
también puede limitar las opciones en la vida de una persona,
por lo que aquélla debe ser controlada por la autoridad
real.
Humanismo
Después
de la edad media, el liberalismo se expresó quizá
por primera vez en Europa bajo la forma del humanismo,
que reorientaba el pensamiento del siglo XV para el que el mundo
(y el orden social), emanaba de la voluntad divina. En su lugar,
se tomaron en consideración las condiciones y potencialidad
de los seres humanos. El humanismo se desarrolló aún
más con la invención de la imprenta
que incrementó el acceso de las personas al conocimiento
de los clásicos griegos y romanos. La publicación
de versiones en lenguas vernáculas de la Biblia
favoreció la elección religiosa individual. Durante
el renacimiento el humanismo se impregnó
de los principios que regían las artes y la especulación
filosófica y científica. Durante la Reforma
protestante, en algunos países de Europa, el humanismo
luchó con intensidad contra los abusos de la Iglesia oficial.
Según
avanzaba el proceso de transformación social, los objetivos
y preocupaciones del liberalismo evolucionaron. Pervivió,
sin embargo, una filosofía social humanista que buscaba
el desarrollo de las oportunidades de los seres humanos, y así
también las alternativas sociales, políticas y económicas
para la expresión personal a través de la eliminación
de los obstáculos a la libertad individual.
El
liberalismo moderno
En
el siglo XVII, durante la Guerra Civil inglesa,
algunos miembros del Parlamento empezaron a debatir ideas liberales
como la ampliación del sufragio, el sistema legislativo,
las responsabilidades del gobierno y la libertad de pensamiento
y opinión. Las polémicas de la época engendraron
uno de los clásicos de las doctrinas liberales: Areopagitica
(1644), un tratado del poeta y prosista John
Milton en el que éste defendía la libertad
de pensamiento y de expresión. Uno de los mayores oponentes
al pensamiento liberal, el filósofo Thomas
Hobbes, contribuyó sin embargo al desarrollo del
liberalismo a pesar de que apoyaba una intervención absoluta
y sin restricciones del Estado en los asuntos de la vida pública.
Hobbes pensaba que la verdadera prueba para los gobernantes debía
ser por su efectividad y no por su apoyo doctrinal a la religión
o a la tradición. Su pragmático punto de vista sobre
el gobierno, que defendía la igualdad de los ciudadanos,
allanó el camino hacia la crítica libre al poder
y hacia el derecho a la revolución, conceptos que el propio
Hobbes repudiaba con virulencia.
John
Locke
Uno
de los primeros y más influyentes pensadores liberales
fue el filósofo inglés John
Locke. En sus escritos políticos defendía
la soberanía popular, el derecho
a la rebelión contra la tiranía y la tolerancia
hacia las minorías religiosas. Según el pensamiento
de Locke y de sus seguidores, el Estado no existe para la salvación
espiritual de los seres humanos sino para servir a los ciudadanos
y garantizar sus vidas, su libertad y sus propiedades bajo una
constitución.
Gran
parte de las ideas de Locke se ven reflejadas en la obra del pensador
político y escritor inglés Thomas
Paine, según el cual la autoridad de una generación
no puede transmitirse a sus herederos, que si bien el Estado puede
ser necesario eso no lo hace menos malo, y que la única
religión que se puede pedir a las personas libres es la
creencia en un orden divino. Thomas Jefferson
también se adhirió a las ideas de Locke en la Declaración
de Independencia y en otros discursos en defensa de la
revolución, en los que atacaba al gobierno paternalista
y defendía la libre expresión de las ideas.
En
Francia la filosofía de Locke fue rescatada y enriquecida
por la Ilustración francesa
y de forma más destacable por el escritor y filósofo
Voltaire, el cual insistía
en que el Estado era superior a la Iglesia y pedía la tolerancia
para todas las religiones, la abolición de la censura,
un castigo más humano hacia los criminales y una organización
política sólida que se guiara sólo por leyes
dirigidas contra las fuerzas opuestas al progreso social y a las
libertades individuales. Para Voltaire, al igual que para el filósofo
y dramaturgo francés Denis Diderot,
el Estado es un mecanismo para la creación de felicidad
y un instrumento activo diseñado para controlar a una nobleza
y una Iglesia muy poderosas. Ambos consideraban ambas instituciones
como las dedicadas con mayor intemperancia al mantenimiento de
las antiguas formas de poder. En España y Latinoamérica,
a comienzos del siglo XIX se generalizó entre los pensadores
y políticos ilustrados una poderosa corriente de opinión
liberal. La propia palabra ‘liberal’ aplicada a cuestiones políticas
y de partido se utilizó por vez primera en las sesiones
de las Cortes de Cádiz y sirvió para caracterizar
a uno de los grupos allí presentes. Entre los primeros
y más destacados pensadores y políticos liberales
españoles se hallaban el jurista Agustín
de Argüelles, el conde de Toreno
y Álvaro Flórez Estrada, entre otros. En Latinoamérica,
las nuevas ideas de los ilustrados de los siglos XVII y XIX ejercieron
notable influencia y tanto los escritores franceses, como los
ingleses y los padres de la independencia en Estados Unidos, además
de los liberales españoles, fueron conocidos, estudiados
y leídos con gran fruición, generando una profunda
influencia en su proceso de emancipación
e independencia respecto de España.
El
utilitarismo
En
Gran Bretaña el liberalismo fue elaborado por la escuela
utilitarista, principalmente por
el jurista Jeremy Bentham y por su
discípulo, el economista John Stuart
Mill. Los utilitaristas reducían todas las experiencias
humanas a placer y dolor, y sostenían que la única
función del Estado consistía en incrementar el bienestar
y reducir el sufrimiento pues si bien las leyes son un mal, son
necesarias para evitar males mayores. El liberalismo utilitarista
tuvo un efecto benéfico en la reforma del código
penal británico. Bentham demostró que el duro código
del siglo XVIII era antieconómico y que la indulgencia
no sólo era inteligente sino también digna. Mill
defendió el derecho del individuo a actuar en plena libertad,
aunque sea en su propio detrimento. Su obra Sobre la libertad
(1859) es una de las reivindicaciones más elocuentes y
ricas de la libertad de expresión.
El
liberalismo en transición
A
mediados del siglo XIX, el desarrollo del constitucionalismo,
la extensión del sufragio,
la tolerancia frente a actitudes políticas diferentes,
la disminución de la arbitrariedad gubernativa y las políticas
tendentes a promover la felicidad hicieron que el pensamiento
liberal ganara poderosos defensores en todo el mundo. A pesar
de su tendencia crítica hacia Estados Unidos, para muchos
viajeros europeos era un modelo de liberalismo por el respeto
a la pluralidad cultural, su énfasis en la igualdad de
todos los ciudadanos y por su amplio sentido del sufragio. A pesar
de todo, en ese momento el liberalismo llegó a una crisis
respecto a la democracia y al desarrollo económico. Esta
crisis sería importante para su posterior desarrollo. Por
un lado, algunos demócratas como el escritor y filósofo
francés Jean-Jacques Rousseau
no eran liberales. Rousseau se oponía a la red de grupos
privados voluntaristas que muchos liberales consideraban esenciales
para el movimiento. Por otro lado, la mayor parte de los primeros
liberales no eran demócratas. Ni Locke ni Voltaire creyeron
en el sufragio universal y la mayor parte de los liberales del
siglo XIX temían la participación de las masas en
la política pues opinaban que las llamadas clases más
desfavorecidas no estaban interesadas en los valores fundamentales
del liberalismo, es decir que eran indiferentes a la libertad
y hostiles a la expresión del pluralismo social. Muchos
liberales se ocuparon de preservar los valores individuales que
se identificaban con una ordenación política y social
aristocrática. Su lugar como críticos de la sociedad
y como reformadores pronto sería retomada por grupos más
radicales como los socialistas.
Economía
La
crisis respecto al poder económico era aún más
profunda. Una parte de la filosofía liberal era el modo
de entender la economía de los llamados economistas clásicos
como los británicos Adam Smith
y David Ricardo. En economía
los liberales se oponían a las restricciones sobre el mercado
y apoyaban la libertad de las empresas privadas. Pensadores como
el estadista John Bright se opusieron
a legislaciones que fijaban un máximo a las horas de trabajo
basándose en que reducían la libertad y en que la
sociedad, y sobre todo la economía, se desarrollaría
más cuanto menos regulada estuviera. Al desarrollarse el
capitalismo industrial durante el
siglo XIX, el liberalismo económico siguió caracterizado
por una actitud negativa hacia la autoridad estatal. Las clases
trabajadoras consideraban que estas ideas protegían los
intereses de los grupos económicos más poderosos,
en especial de los fabricantes, y que favorecían una política
de indiferencia e incluso de brutalidad hacia las clases trabajadoras.
Estas clases, que habían empezado a tener conciencia política
y un poder organizado, se orientaron hacia posturas políticas
que se preocupaban más de sus necesidades, en especial,
hacia los partidos socialistas.
El
resultado de esta crisis en el pensamiento económico y
social fue la aparición del liberalismo pragmático.
Como se ha dicho, algunos liberales modernos, como el economista
anglo-austriaco Friedrich August von Hayek,
consideran la actitud de los liberales pragmáticos como
una traición hacia los ideales liberales. Otros, como los
filósofos británicos Thomas
Hill Green y Bernard Bosanquet
conocidos como los idealistas de Oxford, desarrollaron el llamado
liberalismo orgánico, en el que defendían la intervención
activa del estado como algo positivo para promover la realización
individual, que se conseguiría evitando los monopolios
económicos, acabando con la pobreza y protegiendo a las
personas en la incapacidad por enfermedad, desempleo o vejez.
También llegaron a identificar el liberalismo con la extensión
de la democracia.
A
pesar de la transformación en la filosofía liberal
a partir de la segunda mitad del siglo XIX, todos los liberales
modernos están de acuerdo en que su objetivo común
es el aumento de las oportunidades de cada individuo para poder
llegar a realizar todo su potencial humano.
Individualismo,
en filosofía política
y económica, doctrina promulgada por teóricos como
el filósofo inglés Thomas
Hobbes y el economista escocés Adam
Smith, según la cual la sociedad es un artilugio
artificial que sólo existe para promover el bienestar de
sus miembros como individuos y que sólo se puede juzgar
adecuadamente basándose en criterios establecidos por los
propios individuos. Un individualista no defiende forzosamente
la doctrina del egoísmo, que
considera que el interés personal es la única motivación
humana lógica. Por el contrario, el individualista puede
tener un pensamiento político y económico cuyas
motivaciones se basen en el altruismo
y defender que el objetivo de la organización social, política
y económica es aumentar el bienestar al máximo para
el mayor número de personas. Lo que caracteriza al pensador
individualista es, sin embargo, su concepto del "máximo
número" como un conjunto de unidades independientes y su
oposición a la interferencia de la acción del Estado
en la felicidad o la libertad de dichas unidades.
Las
teorías o tendencias individualistas son una parte esencial
de todas las ciencias que se ocupan de la persona como ser social.
Aunque el individualismo considera, teóricamente, que el
Estado plantea una restricción artificial en las tendencias
de los individuos, suele ser difícil establecer los límites
entre lo que es individualismo y lo que es su antítesis,
el socialismo. El individualismo
se diferencia de las teorías socialistas o colectivistas;
no tanto porque otorga más valor al bienestar y a la libre
iniciativa de los individuos, sino porque subordina las necesidades
de la colectividad al bienestar individual.
Imperialismo,
práctica de dominación empleada por las naciones
o pueblos poderosos para ampliar y mantener su control o influencia
sobre naciones o pueblos más débiles; aunque algunos
especialistas suelen utilizar este término de forma más
específica para referirse únicamente a la expansión
económica de los estados capitalistas, otros eruditos lo
reservan para caracterizar la expansión de Europa
que tuvo lugar después de 1870. Aunque las voces imperialismo
y colonialismo tienen un significado
similar y pueden aplicarse indistintamente en algunas ocasiones,
conviene establecer ciertas diferencias entre ellas. El colonialismo,
por lo general, implica un control político oficial que
supone la anexión territorial y la pérdida de la
soberanía del país colonizado. El imperialismo,
sin embargo, tiene un sentido más amplio que remite al
control o influencia ejercido sobre otra región, sea o
no de forma oficial y directa, e independientemente de que afecte
al terreno económico o político.
Historia
El
origen del imperialismo se remonta a la antigüedad y ha adoptado
distintos modelos a lo largo de la historia, siendo algunos de
ellos más frecuentes que otros dentro de un periodo histórico
concreto. En el mundo antiguo la práctica del imperialismo
daba como resultado una serie de grandes imperios que surgían
cuando un pueblo, que generalmente representaba a una determinada
civilización y religión, intentaba dominar a todos
los demás creando un sistema de control unificado. El imperio
de Alejandro Magno y el Imperio
romano son destacados ejemplos de esta modalidad.
Por
el contrario, el imperialismo europeo de comienzos de la era moderna
(1400-1750) se caracterizaba por ser una expansión colonial
en territorios de ultramar. No se trataba de un país que
intentaba unificar el mundo sino de muchas naciones que competían
por establecer su control sobre el sur y sureste de Asia y el
continente americano. Los sistemas imperialistas se estructuraron
de acuerdo con la doctrina del mercantilismo:
cada metrópoli procuraba controlar el comercio de sus colonias
para monopolizar los beneficios obtenidos.
A
mediados del siglo XIX apareció otra variante, el imperialismo
del librecambio. Esta modalidad perduró
en este periodo pese a que el mercantilismo y la creación
de imperios oficiales estaba disminuyendo de forma significativa.
El poder y la influencia de Europa, y sobre todo de Gran Bretaña,
se habían extendido de manera oficiosa, esto es, haciendo
uso de vías diplomáticas y medios económicos,
en lugar de seguir canales oficiales como la creación de
colonias. Sin embargo, el imperialismo basado en el librecambio
desapareció pronto: hacia finales del siglo XIX las potencias
europeas habían vuelto a practicar el imperialismo consistente
en la anexión territorial, expandiéndose en África,
Asia y el Pacífico.
Desde
que terminó la II Guerra
Mundial y la mayoría de los imperios reconocidos
se disolvieron, ha prevalecido lo que podríamos calificar
como el moderno imperialismo económico, donde el dominio
no se manifiesta de manera oficial. Por ejemplo, Estados Unidos
ejerce un considerable control sobre determinadas naciones del
Tercer Mundo debido a su poder económico
y su influencia en algunas organizaciones financieras internacionales,
tales como el Banco Mundial y el
Fondo Monetario Internacional (FMI).
Del mismo modo, las potencias europeas han seguido interviniendo
de forma significativa en la vida política y económica
de sus antiguas colonias, por lo que han sido acusadas de practicar
el neocolonialismo, que consiste en ejercer la soberanía
de una nación sin que exista un gobierno colonial oficial.
Justificaciones
del imperialismo
Las
razones por las cuales los estados han aspirado a crear imperios
a lo largo de la historia son de diversa índole, y podrían
clasificarse, en términos generales, dentro de tres grupos:
económicas, políticas e ideológicas. Asimismo,
pueden distinguirse diversas teorías en razón del
elemento al que se dé más relevancia.
Los
móviles económicos
Los
intereses económicos son los más habituales cuando
se trata de explicar este fenómeno. Los defensores de esta
concepción sostienen que las naciones se ven impelidas
a dominar a otras para expandir su economía, adquirir materias
primas y mano de obra, o para dar salida a los excedentes del
capital y producción. La teoría
más notable que vincula el imperialismo con el capitalismo
es la de Karl Marx. Lenin,
por ejemplo, consideraba que la expansión europea del siglo
XIX era la consecuencia inevitable de la necesidad de las economías
capitalistas europeas de exportar su excedente de capital. Del
mismo modo, los marxistas contemporáneos explican la expansión
de Estados Unidos en el Tercer Mundo basándose en imperativos
económicos.
Los
móviles políticos
Otros
autores hacen hincapié en los condicionantes políticos
y alegan que la razón principal por la que los estados
tienden a expandirse es el deseo de poder, prestigio, seguridad
y ventajas diplomáticas con respecto a otros estados. Según
esta corriente, el objetivo del imperialismo francés del
siglo XIX era recuperar el prestigio internacional de Francia
después de la humillación que supuso la derrota
en la Guerra Franco-prusiana. En
este mismo sentido, la expansión de la Unión
de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS)
en la Europa del Este a partir de 1945 puede explicarse como una
medida de seguridad: la necesidad de protegerse ante otra posible
invasión desde la frontera occidental.
Los
móviles ideológicos
La
tercera explicación se centra en los móviles ideológicos
o morales. De acuerdo con esta perspectiva, algunos países
se ven impulsados a extender su influencia para difundir sus valores
políticos, culturales o religiosos. Uno de los factores
que propiciaron la constitución del Imperio
Británico fue la idea de que era responsabilidad
del ‘hombre blanco’ civilizar a los pueblos ‘atrasados’. La expansión
alemana que tuvo lugar durante el gobierno de Adolf
Hitler se basaba en gran medida en la creencia en la superioridad
inherente a la cultura alemana. El deseo de Estados Unidos de
"proteger al mundo libre" y el interés de la
antigua Unión Soviética por "liberar"
a los pueblos de la Europa del Este y del Tercer Mundo son también
un ejemplo de este tipo de imperialismo.
El
imperialismo como respuesta a condicionantes externos
Por
último, otras teorías explican el imperialismo basándose
en las circunstancias políticas de las naciones más
débiles, en lugar de enfatizar los móviles de las
naciones poderosas. La interpretación que ofrecen señala
que es posible que las potencias más fuertes no tengan
intención de expandirse, pero que se ven obligadas a hacerlo
debido a la inestabilidad de otras naciones; los compromisos con
los imperios del pasado son la causa de nuevas acciones imperialistas.
La conquista de la India emprendida
por Gran Bretaña y la colonización rusa de Asia
central en el siglo XIX son ejemplos clásicos de este tipo
de imperialismo.
Las
consecuencias del imperialismo
Los
efectos del imperialismo suelen girar en torno a los aspectos
económicos, dado que esta perspectiva es la que prevalece
en los debates sobre sus posibles móviles. La polémica
surge entre aquéllos que creen que el imperialismo implica
explotación y es la causa del subdesarrollo y el estancamiento
económico de las naciones pobres, y los que alegan que,
pese a las ventajas que proporcionó esta situación
a las naciones ricas, también las naciones pobres se beneficiaron,
al menos a largo plazo. Es difícil decantarse por una u
otra concepción por dos motivos: de un lado, no se ha llegado
a un consenso sobre el sentido del término explotación;
y de otro, no es fácil separar las causas internas de la
pobreza de una nación de las que son de índole internacional.
Lo que resulta evidente es que el efecto del imperialismo ha sido
desigual: unas naciones han obtenido mayores ventajas económicas
que otras de su contacto con potencias más ricas. India,
Brasil y otros países en vías
de desarrollo incluso han comenzado a competir económicamente
con sus antiguas metrópolis. Por ello, sería aconsejable
examinar la repercusión económica del imperialismo
atendiendo a cada caso en particular.
Las
consecuencias políticas y psicológicas del imperialismo
son igualmente difíciles de determinar. Este fenómeno
ha demostrado ser destructivo y creativo a la vez: ha destruido
instituciones tradicionales y formas de pensar, y las ha sustituido
por las costumbres y mentalidad del mundo occidental, ya se considere
esto un beneficio o un perjuicio.
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