En
la aproximación al fenómeno bursátil nada lo es más
que la historia de los crash, aunque el humor resulta
por momentos bastante negro.
Pero
no es solo cuestión de divertise un poco. En realidad,
es algo sumamente instructivo. En las fases alcistas
se van generando un estado de euforia que degenera en
las burbujas especulativas. A modo de "ideología"
justificativa de la burbuja se van tejiendo una serie
de mitos sobre el funcionamiento de los mercados financieros,
mitos que son aceptados por una masa de participantes
en el mercado cegados por la codicia. El crash no solo
tira por tierra los mitos, poniendo de manifiesto su
falsedad. Además se lleva por delante a los
incautos que creyeron en ellos.
Conocer
la historia de los crash permite conocer estos mitos
y estar precavidos ante ellos. El historiador por excelencia
de los crash, J.K. Galbraith, escribió lo siguiente
en el prefacio a la edición española de su "Breve
historia de la euforia financiera":
"En
este último cuarto de siglo, y especialmente en la última
década, la larga, variada y a menudo desastrosa historia
económica de España ha culminado en una era de notables
éxitos. España ha gozado de un alto y sostenido crecimiento
económico, y su tenor de vida ha progresado admirablemente.
En otro tiempo fuente de voluntariosa y
barata mano de obra para el resto de Europa occidental,
hoy España demanda idéntico suministro de trabajadores
de la vecina Africa. Esto, no cabe duda, brinda el escenario
y el decorado apropiados para el optimismo, que podría
convertirse en la euforia descrita en estas páginas.
[...] Así pues, me sentiría feliz si creyera que logro
hacer alguna contribución, por humilde que sea, para
prevenir los excesos económicos que conducen al inevitable
día del desencanto y del gran desastre. Esta es la modesta
esperanza, o tal vez debería decir
ligeramente inmodesta, que he depositado en este libro."
Admirables
palabras, llenas de lucidez, que hago mías.
De
todos los grandes crash de la historia el más famoso
es de Wall Street en 1929. A diferencia de otros que
desfilarán a lo largo de la serie, la crisis de 1929
es sumamente conocida, su existencia forma parte de
la "cultura general" de la gente. Hay muchas
referencias y estudios, incluso una monografía muy famosa
escrita por Galbraith.
Sin
embargo, de todo cuanto he leído nada me ha impresionado
más que el testimonio de un "inversor de a pie",
justamente por eso, por ser el reflejo de la vivencia
personal de alguien no experto, expuesta con una claridad
y sencillez realmente difíciles de superar.
Conocemos
este testimonio debido a que su autor fue una persona
famosa, aunque no en el ámbito de los mercados financieros.
Había nacido en una familia muy humilde. Cuenta, no
sé si con exageración literaria: "El dinero no
me llegaba fácilmente en aquellos días de mi juventud.
Mi asignación consistía en cinco centavos semanales
que gastaba cuidadosamente".
Un
día se encontró un anuncio en el periódico: "Se
necesita muchacho cantante para protagonizar número
de variedades. Comida, alojamiento y cuatro dólares
a la semana." Como bien dice: "Para un muchacho
cuya asignación eran cinco centavos cada siete días,
cuatro pavos parecían un pasaporte para la Casa de la
Moneda". La gira terminó como el rosario de la
aurora: "Sin dinero, sin empleo, con un mínimo
de talento y lejos, muy lejos del hogar". Pero
siguió adelante con testarudez, y desde la nada se fue
labrando una fama como actor cómico, un oficio muy importante
según su filosófica observación:
"Calculo que no existen ni un centenar de comediantes
de primera fila, hombres o mujeres en todo el mundo.
Son material mucho más caro y valioso que todo el oro
y las piedras preciosas del mundo. Pero como hacemos
reír, no creo que la gente comprenda verdaderamente
lo necesarios que somos para que el mundo conserve su
equilibrio."
A
mediados de los veinte, muy joven aún, había logrado
ser rico y famoso. Ganaba dos mil dólares a la semana.
Hoy en día es una suma respetable. En aquella época
era una fortuna, el sueldo de una estrella de Broadway.
Todo iba bien hasta que apareció en su vida la
especulación bursátil. Lo que sigue es un extracto del
capítulo de sus memorías cuyo título es harto expresivo:
"De
como fui protagonista de las locuras de 1929"
"Muy
pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral
atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado
mercado de valores. Lo conoci por primera vez hacia
1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir
que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso
parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor.
No tenía asesor financiero ¿Quién lo necesitaba? Podías
cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del
enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar
empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios.
Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se
sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor.
Mi
sueldo semanal era de unos dos mil, pero esto era calderilla
en comparación con la pasta que ganaba teóricamente
en Wall Street. Disfrutaba trabajando en la revista
pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de
todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores.
Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue
eran corrientes en aquellos días.
Subí
a un ascensor del hotel Copley Plaza, en Boston.El ascensorista
me reconoció y dijo:
-
Hace un ratito han subido dos individuos. Peces gordos,
de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles
en las solapas. Hablaban del mercado de valores y, créame,
amigo, tenían aspecto de saber lo que decían. No se
han figurado que yo estaba escuchándoles, pero cuando
manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. ¡No
voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno
de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos
decía al otro: "Ponga todo el dinero que pueda
obtener en United Corporation"
[...]
Corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho
del agente y en un santiamén compramos acciones de United
Corporation por valor de ciento sesenta mil dólares,
con una garantía del veinticinco por ciento.
Para
los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y
que no estén familiarizados con Wall Street, permitanme
explicar lo que significa esa garantía del veinticinco
por ciento. Por ejemplo, si uno compraba ochenta mil
dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo
veinte mil. El resto se le quedaba a deber al agente.
Era como robar dinero.
[De
forma similar funciona en la actualidad el mercado de
compras a crédito en España, con una garantía del treinta
y cinco por cien. Las cantidades tomadas a crédito suponen
el pago de intereses. En los años previos al crash de
1929, los tipos de interés de estos préstamos oscilaron
entre el 5 y el 12 por ciento anual, una cantidad insignificante
comparada con los "beneficios" que se obtenían
vía subidas de precios. Nota de E.G.]
[...]
Ahora vengo de Wall Street y allí no se habla de otra
cosa que del Cobre Anaconda. Se vende a ciento treinta
y ocho dólares la acción y se rumorea que llegará hasta
los quinientos. ¡Cómprala antes de que sea demasiado
tarde! Lo sé de muy buena tinta. [...] Eramos propietarios
de doscientas acciones de estos valores que rezumaban
oro. El agente incluso nos felicitó. Dijo:
-
No ocurre a menudo que alguien entre con tan buen pie
en una Compañía como la Anaconda.
El
mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos
de gira, Max Gordon, el productor teatral, solía ponerme
una conferencia telefónica cada mañana desde Nueva York,
sólo para informarme de la cotización del mercado y
de sus predicciones para el día. Dichos
augurios nunca variaban. Siempre eran "arriba,
arriba, arriba". Hasta entonces yo no había imaginado
que uno pudiera hacerse rico sin trabajar.
Max
me llamó una mañana [...]
-¿Por
qué no abandonas el teatro y olvidas esos miserables
dos mil semanales que ganas? Son calderilla. Tal como
manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más
dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente
de valores, que los que puedes obtener haciendo ocho
representaciones semanales en Broadway.
Max
-contesté-, no hay duda de que tu consejo es sensacional.
Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con
Kaufman, Ryskind, Irving Berlin y con mi productor Sam
Harris.
Los
que por entonces no sabía era que Kaufman, Ruskind,
Berlin y Harris también compraban a crédito y que, finalmente,
iban a ser aniquilados por sus asesores financieros.[...]
-Max,
¿cuanto tiempo durará esto?
Max
repuso, utilizando una frase de Al Jolson.
-Hermano,
¡todavía no has visto nada!
Lo
más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie
vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar.
Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente acerca
de este fenómeno especulativo.
-
No sé gran cosa sobre Wall Street - empecé a decir en
son de disculpa- pero, ¿qué es lo que hace que esas
acciones sigan ascendiendo? ¿No debiera haber alguna
relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos
y el precio de venta de sus acciones?
Por
encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa
de entrar en su despacho y dijo:
-
Tiene mucho que aprender acerca del mercado de valores.
Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría
para llenar un libro.
-
Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aquí en busca
de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay
otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos.
Y ahora. ¿qué estaba usted diciendo?
Adecuadamente
castigado y amansado, respondió:
-
Tal vez no se dé cuenta, pero éste ha cesado de ser
un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial.
Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa,
de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana
hemos recibido de la India un encargo para comprar mil
acciones de Tuberías Crane.
[...]
Mientras
el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé
a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que
tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos
los demás primos, era avaricioso. Lamentaba desprenderme
de cualquier acción, pues estaba
seguro de que iba a doblar su valor en pocos meses.
[...]
-
Precioso, ¿Tienes algunas Goldman-Sachs?
-
Dulzura -respondí (a este juego pueden jugar dos)-,
no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar
de ellas ¿Qué es Goldman-Sachs? ¿Una marca de harina?
Me
cogió por ambas solapas y me atrajo hacia sí. Por un
momento pensé que iba a besarme.
-
¡No me digas que nunca has oído hablar de las Goldman-Sachs!
-exclamó incrédulamente-. Es la compañía de inversiones
más sensacional de todo el mercado de valores.
Luego
consultó su reloj y dijo:
-Hum.
Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya cerrada. Pero,
mañana por la mañana, nene, lo primero que tienes que
hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu
agente para comprar doscientas acciones de Goldman-Sachs.
Creo que hoy ha cerrado a 156 ¡y a 156 es un robo!
[...]
Entonces
empecé a pasarme las mañana instalado en el despacho
de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural
lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara
temprano, ni siquiera me era posible entrar. Muchas
de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría
de los teatros de Broadway.
Parecía
que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado
de valores. La mayoría de las conversaciones se limitaban
a la cantidad que tal y tal valor había subido la semana
pasada, o cosas similares. El fontanero, el carnicero,
el panadero, el hombre del
hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban
sus mezquinos salarios -y en muchos casos sus ahorros
de toda la vida- en Wall Street. Ocasionalmente, el
mercado flaqueba, pero muy pronto se liberaba la resistencia
que ofrecían los prudentes y sensatos, y
proseguía su continua ascensión.
De
vez en cuando algún profeta financiero publicaba un
artículo sombrío advirtiendo al público que los precios
no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores
y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas
si nadie prestaba atención a estos conservadores tontos
y a sus palabras idiotas de cautela. Incluso Barney
Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero
americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo
su frase exacta, pero venía a ser así: "Cuando
el mercado de valores se
convierte en noticia de primera página, ha sonado la
hora de retirarse."
[...]
Un
día concreto, el mercado comenzó a vacilar. Unos cuantos
de los clientes más nerviosos fueron presas del pánico
y empezaron a descargarse. Eso ocurrio hace casi treinta
años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe
que caía sobre nosotros, pero así como
al principio del auge todo el mundo quería comprar,
al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Al
principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto
el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron
a lanzar al ruedo sus valores que por entonces solo
tenían el nombre de tales.
Luego
el pánico alcanzó a los agentes de Bolsa, quienes empezaron
a chillar reclamando garantías adicionales. Esta era
una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas
se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron
a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de
los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero
en el Banco. Para evitar que vendieran mi papel empecé
a firmar cheques febrilmente para cubrir las garantías
que desaparecían rápidamente. Luego un martes espectacular,
Wall Street lanzó la toalla y se derrumbó. Eso de la
toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo
el país estaba llorando.
Algunos
de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte.
Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares
(o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana).
Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía.
El día del hundimiento
final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante,
Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York.[...] Todo
lo que dijo fue: "¡la broma ha terminado!"
Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había
quedado mudo.
En
toda la bazofia escrita por los analistas del mercado,
me parece que nadie hizo un resumen de la situación
de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon.
En aquellas palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma
había terminado. Creo que el único motivo por el que
seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que
todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso
la desdicha financiera, al igual que la de cualquier
otra especie, prefiere la compañía.
Con
frecuencia suelo hablar de "burbujas" especulativas.
Este curioso término fue acuñado en Londres con motivo
del crash de la South Sea Company en 1720 y alude al
clásico mecanismo de la especulación: la cotización
se hincha y se hincha cual burbuja, pompa
de jabón o globo de chicle hasta que revienta. Dentro
no hay más que "aire", pero los incautos,
cegados por la ambición, compran el aire como si fuera
oro y luego se ven obligados a venderlo a precio de
aire.
La
South Sea Company nació premonitoriamente bajo el signo
de la especulación en la más despectiva de las múltiples
acepciones de la palabra: "Efectuar operaciones
comerciales o financieras, con la esperanza de obtener
beneficios basados en las variaciones de los
precios o de los cambios. Usada frecuentemente con sentido
peyorativo."
Fue
fundada en 1711 por Robert Harley, Conde de Oxford.
Su gerente fue un tal John Blunt, antiguo escribiente,
y sus financiadores un grupo de comerciantes ingleses
que doblaron sin
esfuerzo el dinero invertido mediante una ingeniosa
operación de "ingeniería financiera". Para
entenderla son precisas unas breves pinceladas históricas.
En
1711 Inglaterra arrastraba la carga de una gran deuda
pública producto del esfuerzo colonial y de las continuas
guerras (en ese momento estaba comprometida con
el archiduque de Austria en la Guerra de Sucesión Española).
Cabía poner en duda la solvencia de la Corona Inglesa
para atender su deuda, por lo que cotizaba por debajo
de su valor nominal (como ha pasado en fechas recientes
con la deuda de los países latinoamericanos).
Asimismo,
era norma general que las metrópolis se reservaran la
exclusiva del comercio con sus colonias. Les exportaban
productos manufacturados a cambio de materias primas,
productos exóticos y metales preciosos. Ni que decir
tiene que se trataba de relaciones de
intercambio desigual en detrimento de la colonia (fue
una de las razones de la secesión de las colonias inglesas
de America del Norte que dió lugar al nacimiento de
Estados Unidos. Luego los norteamericanos han aprendido
muy bien a hacer lo mismo). La entrada de potencias
extranjeras en el comercio con una colonia necesitaba
de la anuencia de la metrópoli correspondiente.
La
South Sea Company negoció con el gobierno inglés la
compra y amortización de deuda pública por importe de
10 millones de libras, deuda financiada mediante la
emisión de acciones de la Compañía. A cambio recibiría
a perpetuidad un 6% anual del importe de la deuda amortizada
y la concesión de la exclusiva del comercio inglés con
las colonias sudamericanas... de España.
Es
decir, una acción de la South Sea Company era una mezcla
de un bono de deuda perpetua al 6% más una exclusiva
de comercio en teoría con unos beneficios potencialmente
fabulosos; en la práctica tales beneficios apenas existían,
puesto que España no estaba dispuesta a permitir la
entrada masiva de los competitivos productos ingleses
en el mercado cautivo de sus colonias.
Los
bonos canjeados cotizaban en el mercado secundario alrededor
de 55. En los meses previos a la operación los promotores
de la South Sea Company compraron en secreto bonos que
se convirtieron automáticamente en acciones a la par
en la proporción de uno por uno. La mejora en la solvencia
del gobierno inglés (al haber convertido en perpetuo
un porcentaje significativo de la deuda) permitía confiar
en el abono regular de los intereses pactados y, si
añadimos el descuento de las expectativas de comercio
con las colonias españolas, no es de extrañar que las
acciones cotizaran en la bolsa a la par, incluso un
poco por encima. Los suscriptores de los bonos habían
doblado su inversión sin esfuerzo y sin apenas riesgo.
Un estupendo negocio pero modesto comparado con lo que
estaba por venir.
Durante
años la cotización se movió levemente por encima de
la par en un típico "suelo durmiente" sin
variaciones y con escasa actividad. Se cobraban regularmente
los intereses pactados, pero el comercio apenas aportaba
nada. España dejaba entrar con cuentagotas a
los barcos de la Compañía. Además parece ser que
la gestión era bastante mala, incluyendo episodios como
enviar un cargamento de lana a un puerto equivocado,
en donde se pudrió. Los responsables manejaban con mucha
más habilidad las buenas relaciones con el gobierno
y los políticos de la época que el negocio en sí. Así
en 1717 hubo una nueva
"privatización" de deuda pública por la que
compitieron la South Sea y el Banco de Inglaterra. Las
buenas influencias en el Parlamento permitieron a la
Compañía adquirirla al 5%.
El
drama comenzó a gestarse en 1719 como consecuencia indirecta
de otra operación especulativa, la de la Compagnie d'Occident
o Compañía del Misissipi como se la conocía popularmente.
Su promotor era un escocés llamado John Law, que más
bien debió
apellidarse Outlaw a la vista de su azarosa juventud:
prófugo de la justicia que le acusaba de asesinato,
se ganó la vida como jugador de dados, probablemente
haciendo trampas.
A
pesar de semejantes antecedentes Law, que en sus ratos
libres elucubraba ingeniosas operaciones financieras
(otro "ingeniero"), logró ganarse la confianza
del regente francés Felipe de Orleans (Luis XIV había
muerto y Luis XV era menor de edad). Francia tenía el
mismo problema con la deuda pública y Law encontró la
solución. El Gobierno otorgó a la Compañía del Missisipi,
controlada por Law, la explotación de los yacimientos
de oro que supuestamente existían en la Luisiana. Se
hizo una OPV y el éxito desbordó todas las
previsiones. La gente convenientemente "calentada"
por los rumores sobre las fabulosas reservas de oro
compraba frenéticamente, lo que permitía realizar nuevas
emisiones, a pesar de lo cual el precio se disparaba
hasta rozar los 2.000 francos, partiendo de un nominal
de 100. En realidad, el dinero obtenido se entregaba
al Gobierno para tapar los agujeros financieros y la
Compañía no llegó a tener actividad alguna, pero daba
igual, el personal compraba y compraba al constatar
que las acciones no dejaban de subir, con lo cual mantenían
la subida.
La
fama de la Compañía del Misissipi trascendió las fronteras
y el ahorro inglés comenzó a afluir masivamente a Francia
en pos de la quimera del oro de la Luisiana. Alarmado,
el Gobierno inglés pensó, no sin lógica, que podía montar
una versión inglesa de la Compañía del Misissipi, y
para ello nada mejor que la de los Mares del Sur que
ya existía sobre bases similares. Por esta época Inglaterra
estaba en guerra con España (debido al intento español
de recuperar sus posesiones italianas que le enfrentó
con el resto de Europa) y las rutas de comercio bloqueadas.
Sin embargo, a finales de 1719 se vislumbraba la paz
que efectivamente se firmaría en 1720.
A
principios de 1720 la South Sea cotizaba a 128. Decidida
a hacer frente a la Compañía del Misissipi se ofreció
a hacerse cargo de la deuda nacional en su integridad
(31 millones de libras). El 22 de enero se nombró un
cómite para estudiar la propuesta y el 2 de febrero
se presentó al Parlamento el correspondiente proyecto
de ley. La cotización "despertó" y en pocos
días se puso en las 176 libras. Con notable patriotismo,
los especuladores ingleses liquidaban sus posiciones
en Francia e invertían el dinero en la South Sea.
Para
"calentar" la cotización se hizo correr el
rumor de que España aceptaría la liberalización de su
comercio colonial a cambio de contrapartidas como la
devolución de Gibraltar. Para "engrasar" el
trámite parlamentario se repartían opciones de compra
a la cotización del día y sin ningún desembolso. Más
adelante, una vez que las acciones habían subido, el
beneficiario ejercía la opción vendiendo a precio de
mercado y embolsandose limpiamente la diferencia. Se
buscaron personas influyentes de derecho, tales como
ministros y parlamentarios, pero también de hecho como
la amante del rey y sus "sobrinos" (muy parecidos
a Su Majestad). En marzo las acciones llegaron a cotizar
a 330.
La
burbuja había comenzado a hincharse hasta ser evidente
su naturaleza para los participantes más expertos y
racionales. Como siempre sucede en estos casos se dividieron
en dos bandos que se pueden simbolizar en los comentarios
de dos banqueros de la época. El frances Martin suscribió
500 libras y se justificó con la afirmación: "cuando
el resto del mundo enloquece debemos imitarle en cierta
medida". El holandés Crellins se mantuvo al margen,
observando fríamente que parecía "ni más ni menos
como si todos los locos
hubieran escapado al mismo tiempo del manicomio".
El
7 de abril se aprobó el proyecto de Ley y los más astutos
aplicaron el precepto "compra con el rumor y vende
con la noticia". En dos días la acción cayó hasta
278. Sin embargo, el 12 de abril los directivos de la
South Sea, sin dejarse intimidar, lanzaron una emisión
a 300 libras con un desembolso inicial de 60 libras
y el resto en ocho cómodos plazos. Su Majestad, convenientemente
aconsejado, suscribió 100.000 libras y se hicieron circular
nuevos rumores sobre las perspectivas de la compañía.
En aquella época no había televisión
para promover las OPV's pero se hizo lo que se pudo:
tengo ahora mismo a la vista un hermoso mapa de América
del Sur utilizado por la South Sea Company a modo de
folleto publicitario. Toda la inmensa región, a excepción
de Brasil, se proclamaba como territorio de explotación
comercial de la compañía, pasando por alto el hecho
del permiso de
España (o dando por supuesto que iba a existir).
La
acción subió a 340 y la compañía respondió anunciando
un dividendo del 10% y una nueva emisión a 400 libras.
A finales de mayo las acciones se cotizaban a 550. En
junio se lanzó una nueva emisión con un plan de pago
todavía más cómodo: 10% del pago inicial sin
ningún otro pago durante un año. Las acciones se fueron
por encima de 700 libras en junio, aunque con una fuerte
volatilidad que contrastaba con la subida en vertical
de los meses anteriores: se estaba formando el hombro
derecho de una de las dos H-C-H más famosas del análisis
técnico (la otra es la de Wall Street en 1929).
Al
otro lado del canal las cosas no le iban nada bien al
ingeniero financiero John Law. Había recurrido a ingeniosos
trucos como "pasear", equipados con picos
y palas, a mendigos reclutados al efecto, a fin de dar
la sensación que se reclutaban obreros para la explotación
de las minas. Pero llegó un momento en que se le acabaron
los conejos de la chistera. Además de la Compañía del
Missisipi, la pieza clave de su entramado era la Banque
Royal con autorización para emitir billetes teóricamente
canjeables por oro. Cuando comenzó a
perderse la confianza en la solvencia de todo el montaje
los propietarios de los billetes acudieron masivamente
al banco a canjear los billetes por oro, oro que no
existía más que en mínima proporción.Hubo que declarar
los billetes no convertibles y sobrevino el colapso.
Law tuvo que salir por piernas, protegido por el regente,
y los millonarios franceses (se dice que este término
se inventó entonces) se encontraron tan pobres como
al principio.
Inglaterra
más atrasada en el ciclo especulativo lo vivía en todo
su auge, quealcanzó caracteres inusitados. Se produjo
una proliferación de nuevas compañías que aprovechaban
la euforia reinante para colocar sus acciones. Algunas
planteaban iniciativas, arriesgadas e inciertas pero
al menos sensatas, como construir barcos para combatir
la piratería o la de aquellas esforzadas mujeres que
se unieron para montar una empresa de confección "resueltas
como un solo hombre (sic) a no admitir a ningún varon,
sino que se suscribirían
ellas mismas a una sociedad anónima para llevar a cabo
el mencionado negocio". Otras se mostraban más
consecuentes con el ambiente de locura colectiva y proponían
objetos sociales tales como la obtención de metales
preciosos a partir del mercurio, la extracción de luz
solar de los pepinos(!) y, como no, la creación de la
rueda de movimiento perpetuo. Pero la más divertida
de todas fue aquella en la que su promotor anunció solemne
que se traba de una "compañía para asumir y llevar
a cabo empresas muy ventajosas, pero que nadie debía
conocer". Aunque parezca increíble, sin otro argumento
que éste y la promesa de mejorar en beneficios a cualquier
otra sociedad, recaudó 2.000 libras, tras de lo cual
se esfumó y no volvió a saberse nada de él (hay que
reconocer que no mentía: la empresa era muy ventajosa
para él y para asegurar su éxito nadie debía conocer
su verdadero objetivo de estafar a los ingenuos).
El
Parlamento decidió poner prohibir estas "burbujas"
(bubbles) y promulgó a tal efecto la Bubble Act, una
ley que, bajo pretexto de proteger a los inversores,
los dejaba indefensos en las manos de la "burbuja
madre" la de la South Sea a la que por supuesto
no se tocaba.
En
el mes de junio las acciones se dispararon hasta tocar
en un momento el máximo de 1050. Por esta época los
propietarios y gestores de la Compañía habían comenzado
en el mes de julio el clásico proceso de distribución
vendiendo sus acciones lo que, como suele
suceder produjo un insidioso pero imparable debilitamiento
de la cotización. Desde los máximos la cotización fue
bajando a lo largo de julio y agosto, con lentitud y
ocasiones rebotes.
El
31 de agosto, todavía por encima del 800, después de
un último rebote (el hombro derecho de la H-C-H) la
compañía anunció el abono de un dividendo del 50% durante
los próximos doce años, sin explicar cómo podría hacerlo.
Las acciones siguieron bajando hasta
romper la "clavícula", situada alrededor del
725, el 3 de septiembre.
Entonces
estalló el pánico y la cotización se hundió en un proceso
de caída escalofriante sin apenas pausas ni rebotes.
El 30 de septiembre las acciones estaban a 150 libras:
una caída de más del 80%
en un mes.
El
gobierno intentó desesperadamente salvar la situación
con declaraciones públicas y apoyos financieros del
Banco de Inglaterra. Tras algunos rebotes, en donde
las acciones lograron remontar por encima del 200, la
cotización se vino abajo definitivamente hasta los
125 del mes de diciembre: el círculo de la especulación
se había cerrado y las acciones volvían a su valor primigenio,
acorde con los fundamentales de la sociedad.
(Para
entender el significado de todas las cifras y hechos
manejados podemos hacer un ejercicio de transposición
a nuestra realidad. Supongamos que Villalonga se descuelga
con la propuesta de que Telefónica se va a hacer cargo
de la deuda pública española a cambio de un interés
fijo y de la posibilidad de arrebatarle a la ATT y demás
compañías de telecomunicación el tráfico telefónico
de larga distancia en Estados Unidos (a través de un
acuerdo de estado negociado entre España y USA). Si
la repercusión en las cotizaciones
fuera como la de la South Sea, podemos tomar la cotización
de Telefónica a principios de año como el equivalente
del 128 de la South Sea y por una sencilla regla de
tres, ver como va evolucionando a lo largo del año).
John
Blunt tras sobrevivir a un atentado, obra sin duda de
un accionista un tanto descontento de su gestión, optó
por salvar el pellejo solicitando la protección del
gobierno a cambio de denunciar a los políticos y demás
personas influyentes implicadas en la maniobra. Hubo
detenciones, confiscación de propiedades, expulsiones
del Parlamento y hasta algún suicidio, que nunca falta
en estos culebrones. Pero la ruina de miles de personas
era inevitable y la secuela subsiguiente también: Inglaterra
vivió una larga y profunda recesión en los años siguientes.
Lo
curioso del asunto es que la South Sea no desapareció.
En la medida que poseía una fuente de ingresos fija
y segura, aunque modesta, vivió una existencia tan larga
como apacible hasta 1855 en que las acciones volvieron
a ser canjeadas por bonos y la compañía se disolvió.
Entre
las víctimas de la crisis figuró una muy ilustre: Isaac
Newton. A finales de abril tomó beneficios obteniendo
7.000 libras limpias. Pero en el momento culminante
de la especulación volvió a entrar, arrepentido del
dinero que había dejado de ganar, y terminó
por perder 20.000. La semana pasada vimos como Groucho
Marx fue capaz de rememorar la traumática experiencia
con gran lucidez e inclusohumor. En cambio, Newton no
soportó a lo largo del resto de su vida cualquier mención
a la South Sea, un mecanismo defensivo típico en muchas
personas arruinadas por la especulación. Eso sí, se
permitió una frase para la historia:
"Soy
capaz de predecir el movimiento de los astros pero no
la locura de las multitudes"
Dentro
de los tópicos sobre los caracteres de los pueblos nadie
duda en asignar a los holandeses virtudes como el pragmatismo
o la sensatez en grado sumo. Desde su independencia
de España, a finales del siglo XVI, Holanda, apoyada
en un importante poderío naval, se dedicó a la colonización
de los inmensos territorios que se iban
descubriendo en América y en Asia, en donde establecía
factorías, colonias orientadas a la producción y al
comercio, evitando en lo posible las costosas aventuras
militares. Pieza clave fueron las Compañías de Indias,
financiadas por la naciente burguesía holadensa, que
desarrollaron con eficacia el comercio y la explotación
de las riquezas coloniales. Sobre el talante de los
holandeses es famosa la anécdota de la compra de la
isla de Manhattan a los indios por una ridícula cantidad,
en vez de intentar someterlos militarmente. A veces
se ha dicho que fue la mejor inversión inmobiliaria
de la historia vista la revalorización posterior, aunque
lo cierto es que los holandeses no han podido beneficiarse
de ella: años después la isla fue conquistada militarmente
por los ingleses, quienes convirtieron Nueva Amsterdam
en la actual Nueva York.
Dice
mucho de la condición humana que tan sensato pueblo
protagonizara el primer episodio de especulación salvaje
en la historia moderna, quizá el mayor habido jamás
en términos relativos, episodio que suele ser llamado
con sarcasmo "la fiebre de los tulipanes".
Asociamos
los tulipanes a Holanda pero lo cierto es que no se
trata de una planta autóctona. Los tulipanes son de
origen turco y llegaron tardíamente a Europa, más concretamente
a Alemania, en 1559 adquiridos por un tal Herwart, coleccionista
de flores éxoticas. Sobre su llegada a Holanda hay diversas
versiones. Una de ellas sostiene que
un profesor de botánica los llevó a Leyden en 1593 con
la intención de obtener una sabrosa ganancia mediante
su venta como una planta éxotica para los jardines.
Su especulación se frustró porque se los robaron, vendiéndose
después a un precio inferior, es de suponer que en algún
mercado "gris", siendo benévolos con el color.
Según historiadores más prosaicos, el tulipán llegó
pacificamente a Amberes traído por un mercante procedente
de Constantinopla. En cualquier caso se difundieron
ampliamente y comenzó su producción masiva que se ha
mantenido hasta nuestros días.
A
principios del siglo XVII Holanda vivía una época de
gran prosperidad debido a las circunstancias reseñadas
al comienzo de este artículo. Había unos tulipanes "corrientes",
producidos en grandes cantidades y por ello baratos.
Pero algunos fueron atacados por un
virus llamado "mosaico", que no los marchitaba
pero alteraba los colores de los pétalos originando
unas franjas de gran contraste, las "llamaradas",
de fuerte impacto estético. Sus bulbos, bastante raros,
se convirtieron en un artículo de lujo, incluso de colección.
Era de
muy buen gusto en las clases adineradas de Holanda tener
una bonita colección de tulipanes raros, como hoy se
coleccionan cuadros, sellos o manuscritos de Leonardo
da Vinci.
La
fuerte demanda comenzó a tirar de los precios para arriba.
La economía holandesa había alcanzado el suficiente
grado de sofisticación como para desarrollar unos mercados
financieros en la moderna acepción. Se creó una especie
de mercado de futuros sobre el
tulipán en donde los especuladores empezaron a formalizar
contratos de grandes reservas de bulbos para anticiparse
a las subidas de precios. Esto por sí mismo hacía subir
los precios, creandose el clásico circulo vicioso compra-ascenso
precios-compra. A medida que los especuladores iban
obteniendo beneficios espectaculares en las operaciones
con los tulipanes, sus amigos y conocidos iban tomando
conciencia de su estupidez al dedicarse al trabajo cotidiano,
que solo permitía obtener una ganancia pequeña y encima
a costa de un gran esfuerzo. Entonces entraban en la
rueda de la especulación abandonando con frecuencia
sus actividades anteriores.
La
locura se había desatado y alcanzó grados increíbles,
quizá consecuencia paradójica del tópico sobre el carácter
holandés: nadie más insensato que un sensato arrepentido.
Charles Mackay publicó a mediados del siglo XIX, un
libro sobre las euforias y crisis financieras padecidas
hasta entonces que se ha convertido en un gran clásico
de referencia sobre el asunto. Así describe la fiebre
de los tulipanes:
"La
demanda de los tulipanes de una especie rara se incrementó
tanto en el año 1636, que se establecieron mercados
para su venta en la Bolsa de Amsterdam, así como en
Rotterdam, Haarlem, Leyden, Alkmar, Hoorn y otras ciudades...
Al principio, como en todas estas manías de juego, la
confianza estaba en su punto culminante, y todo el mundo
ganaba. Los traficantes de tulipanes especulaban con
el alza y caída de las existencias, y obtenían cuantiosos
beneficios comprando cuando los precios bajaban y vendiendo
cuando aumentaban. Muchas personas se hicieron ricas
súbitamente. Un cebo de oro pendía tentador ante los
ojos de los hombres que, uno tras otro, corrían hacia
los mercados de
tulipanes como las moscas en torno a un bote de miel.
Todos imaginaban que la pasión por los tulipanes iba
a durar siempre, y que la riqueza de todas las partes
del mundo afluiría a Holanda y pagaría los precios que
se quisieran. Las riquezas de Europa se concentrarían
en las orillas del Zuyder Zee, y la pobreza quedaría
desterrada del suave clima neerlandés. Nobles, burgueses,
granjeros, peones, marinos, lacayos, sirvientas e incluso
deshollinadores y traperas especulaban con tulipanes.
Personas de toda condición liquidaban sus propiedades
e invertían el producto en flores. Se ofrecían a la
venta casas y campos
a precios ruinosamente bajos, o bien se entregaban como
pago en las transacciones efectuadas en el mercado de
tulipanes. Los extranejros sucumbieron al mismo frenesí,
y el dinero se vertía en Holanda desde todas partes.
Los precios de los artículos de primera necesidad se
incrementaron de nuevo gradualmente, y con ellos aumentaron
de valor
casas y campos, caballos y carruajes así como toda clase
de manufacturas de lujo; durante unos meses, Holanda
parecia la mismísima antecámara de Pluto. Las operaciones
mercantiles se tornaron tan amplias e intrincadas, que
fue preciso promulgar un código legal para que sirviera
de guía a los comerciantes... En las ciudades más pequeñas,
donde no había lonja de contratación, solía escogerse
la taberna principal como lugar de exhibición, donde
poderosos y humildes traficaban con tulipanes y cerraban
sus transacciones con suntuosas fiestas. En ellas se
reunían a comer hasta doscientas o trescientas personas,
y en las mesas y aparadores se colocaban, a intervalos
regulares, grandes floreros con tulipanes en sazón para
su solaz durante el convite."
En
cierta ocasión, llegó un barco cargado de valiosas mercancías
y se comisionó a un marinero para que informase a un
determinado comerciante de su existencia. Tan satisfecho
quedó el comerciante del buen negocio que podía hacer
con la información que
acababa de obtener en exclusiva, que invitó al marinero
a un desayuno de arenques a modo de recompensa. El marinero,
desconocedor del valor de los tulipanes, vió un bulbo
en un aparador y tuvo la desdichada ocurrencia de añadirlo
a los arenques a modo de guarnición. Se trataba de un
ejemplar de una especie especialmente rara y valiosa,
por lo que
probablemente fue la comida más cara que se haya degustado
jamás, merecedora de entrar en el libro Guinness. El
pobre marinero fue encarcelado, pero como no podía devolver
el tulipán más que en la acepción escatológica del término
el comerciante lo perdió
definitivamente.
Podemos
hacernos una idea muy intuitiva del precio que llegaron
a alcanzar los tulipanes debido a que muchas transacciones
no se formalizaron en dinero sino contra bienes que
poseía el comprador. Hay contratos alucinantes. Por
ejemplo, un bulbo de la especie "Semper Augustas"
(la misma de la que el marinero devoró un ejemplar)
llegó a cambiarse por 4.600 florines, un carruaje nuevo
y "dos yeguas rucias con sus atalajes y arneses"
(a modo de referencia, un buey costaba 120 florines).
Otro costó a su comprador 24 carretadas de grano, ocho
cerdos cebados, cuatro vacas, cuatro barriles de cerveza,
500 kilos de mantequilla y varias toneladas de queso.
Un fabricante de cerveza cambió su fábrica por tres
bulbos. Se había llevado a sus últimas consecuencias
el viejo dicho de los especuladores: "el valor
de algo es lo que el comprador está dispuesto a pagar
por él".
El
momento culminante de la especulación se produjo en
enero de 1637. Según parece, en el transcurso de dicho
mes la locura hizo multiplicar por veinte los precios.
En ese momento se desencadenó el clásico mecanismo de
los crash. Algunos especuladores, más listos que
la mayoría, intuyeron la imposibilidad de mantener la
burbuja, empezaron a vender y el sentimiento de pánico
se apoderó de la sociedad holandesa con la misma violencia
con la que había vivido la euforia.
De
repente los antiguos propietarios de caballos, carruajes
o fábricas de cerveza se encontraban sin sus anteriores
propiedades y con una "cosa" que nadie quería
comprar y carente de todo valor intrínseco. Pero la
situación más dramática se dió con los contratos
de futuros. Solían formalizarse con una garantía de
entre el 10 y el 20%. A su vencimiento los vendedores
exigieron el cumplimiento a los compradores. Estos no
sólo no tenían el importe del contrato sino que en muchos
casos se habían hipotecado para pagar la garantía. El
Gobierno intervino buscando algún compromiso para evitar
que a la ruina de los compradores sucediera la de los
vendedores. Se declararon inválidos los contratos anteriores
a noviembre de 1636 y los posteriores quedaron automáticamente
reducidos al 10% de su valor nominal. Ni siquiera después
de tan brutal quita los compradores pudieron hacer frente
a sus compromisos, y se produjo una oleada de bancarrotas:
"comerciantes prósperos quedaron reducidos casi
a la mendicidad, y muchos miembros de la nobleza asistieron
a la ruina irremediable de sus casas".
La
economía holandesa que probablemente era la más próspera
y estable del mundo antes de la fiebre quedó destrozada
por la inflación y el desorden de la fase especulativa
y por la posterior depresión que duró varios años. Aunque
no he visto ninguna referencia expresa en los libros
de historia es probable que este episodio influyera
en la decadencia de Holanda a partir de la segunda mitad
del siglo XVII, donde fue desplazada como potencia emergente
por Francia e Inglaterra.
Pero
no todo fue malo como observa poéticamente Galbraith:
"El
colapso de los precios de los tulipanes y el consiguiente
empobrecimiento tuvieron como efecto congelar la vida
económica holandesa en los años que siguieron: se produjo,
para expresarlo en terminología moderna, una considerable
y duradera depresión. Hubo un
solo resultado que compensara de tanta pérdida: el cultivo
del tulipán prosiguió en Holanda, y con el tiempo se
desarrollaron amplios mercados para flores y bulbos.
Todo el que haya contemplado en primavera los campos
de tulipanes en ese tranquilo y agradable país, no puede
sustraerse al sentimiento de que la tulipamanía fue
la precursora de un auténtico don de la naturaleza".