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Artículos: Los Crash

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En la aproximación al fenómeno bursátil nada lo es más que la historia de los crash, aunque el humor resulta por momentos bastante negro.

Pero no es solo cuestión de divertise un poco. En realidad, es algo sumamente instructivo. En las fases alcistas se van generando un estado de euforia que degenera en las burbujas especulativas. A modo de "ideología" justificativa de la burbuja se van tejiendo una serie de mitos sobre el funcionamiento de los mercados financieros, mitos que son aceptados por una masa de participantes en el mercado cegados por la codicia. El crash no solo tira por tierra los mitos, poniendo de manifiesto su falsedad. Además se lleva por delante a los
incautos que creyeron en ellos.

Conocer la historia de los crash permite conocer estos mitos y estar precavidos ante ellos. El historiador por excelencia de los crash, J.K. Galbraith, escribió lo siguiente en el prefacio a la edición española de su "Breve historia de la euforia financiera":

"En este último cuarto de siglo, y especialmente en la última década, la larga, variada y a menudo desastrosa historia económica de España ha culminado en una era de notables éxitos. España ha gozado de un alto y sostenido crecimiento económico, y su tenor de vida ha progresado admirablemente. En otro tiempo fuente de voluntariosa y
barata mano de obra para el resto de Europa occidental, hoy España demanda idéntico suministro de trabajadores de la vecina Africa. Esto, no cabe duda, brinda el escenario y el decorado apropiados para el optimismo, que podría convertirse en la euforia descrita en estas páginas. [...] Así pues, me sentiría feliz si creyera que logro hacer alguna contribución, por humilde que sea, para prevenir los excesos económicos que conducen al inevitable día del desencanto y del gran desastre. Esta es la modesta esperanza, o tal vez debería decir

ligeramente inmodesta, que he depositado en este libro."

Admirables palabras, llenas de lucidez, que hago mías.

De todos los grandes crash de la historia el más famoso es de Wall Street en 1929. A diferencia de otros que desfilarán a lo largo de la serie, la crisis de 1929 es sumamente conocida, su existencia forma parte de la "cultura general" de la gente. Hay muchas
referencias y estudios, incluso una monografía muy famosa escrita por Galbraith.

Sin embargo, de todo cuanto he leído nada me ha impresionado más que el testimonio de un "inversor de a pie", justamente por eso, por ser el reflejo de la vivencia personal de alguien no experto, expuesta con una claridad y sencillez realmente difíciles de superar.

Conocemos este testimonio debido a que su autor fue una persona famosa, aunque no en el ámbito de los mercados financieros. Había nacido en una familia muy humilde. Cuenta, no sé si con exageración literaria: "El dinero no me llegaba fácilmente en aquellos días de mi juventud. Mi asignación consistía en cinco centavos semanales que gastaba cuidadosamente".

Un día se encontró un anuncio en el periódico: "Se necesita muchacho cantante para protagonizar número de variedades. Comida, alojamiento y cuatro dólares a la semana." Como bien dice: "Para un muchacho cuya asignación eran cinco centavos cada siete días, cuatro pavos parecían un pasaporte para la Casa de la Moneda". La gira terminó como el rosario de la aurora: "Sin dinero, sin empleo, con un mínimo de talento y lejos, muy lejos del hogar". Pero siguió adelante con testarudez, y desde la nada se fue labrando una fama como actor cómico, un oficio muy importante según su filosófica observación:
"Calculo que no existen ni un centenar de comediantes de primera fila, hombres o mujeres en todo el mundo. Son material mucho más caro y valioso que todo el oro y las piedras preciosas del mundo. Pero como hacemos reír, no creo que la gente comprenda verdaderamente lo necesarios que somos para que el mundo conserve su equilibrio."

A mediados de los veinte, muy joven aún, había logrado ser rico y famoso. Ganaba dos mil dólares a la semana. Hoy en día es una suma respetable. En aquella época era una fortuna, el sueldo de una estrella de Broadway. Todo iba bien hasta que apareció en su vida la
especulación bursátil. Lo que sigue es un extracto del capítulo de sus memorías cuyo título es harto expresivo:

"De como fui protagonista de las locuras de 1929"

"Muy pronto un negocio mucho más atractivo que el teatral atrajo mi atención y la del país. Era un asuntillo llamado mercado de valores. Lo conoci por primera vez hacia 1926. Constituyó una sorpresa muy agradable descubrir que era un negociante muy astuto. O por lo menos eso parecía, porque todo lo que compraba aumentaba de valor. No tenía asesor financiero ¿Quién lo necesitaba? Podías cerrar los ojos, apoyar el dedo en cualquier punto del enorme tablero mural y la acción que acababas de comprar empezaba inmediatamente a subir. Nunca obtuve beneficios. Parecía absurdo vender una acción a treinta cuando se
sabía que dentro del año doblaría o triplicaría su valor.

Mi sueldo semanal era de unos dos mil, pero esto era calderilla en comparación con la pasta que ganaba teóricamente en Wall Street. Disfrutaba trabajando en la revista pero el salario me interesaba muy poco. Aceptaba de todo el mundo confidencias sobre el mercado de valores. Ahora cuesta creerlo pero incidentes como el que sigue eran corrientes en aquellos días.

Subí a un ascensor del hotel Copley Plaza, en Boston.El ascensorista me reconoció y dijo:

- Hace un ratito han subido dos individuos. Peces gordos, de verdad. Vestían americanas cruzadas y llevaban claveles en las solapas. Hablaban del mercado de valores y, créame, amigo, tenían aspecto de saber lo que decían. No se han figurado que yo estaba escuchándoles, pero cuando manejo el ascensor siempre tengo el oído atento. ¡No voy a pasarme toda la vida haciendo subir y bajar uno de estos cajones! El caso es que oí que uno de los individuos decía al otro: "Ponga todo el dinero que pueda obtener en United Corporation"
[...]

Corrimos hacia el vestíbulo, entramos en el despacho del agente y en un santiamén compramos acciones de United Corporation por valor de ciento sesenta mil dólares, con una garantía del veinticinco por ciento.

Para los pocos afortunados que no se arruinaron en 1929 y que no estén familiarizados con Wall Street, permitanme explicar lo que significa esa garantía del veinticinco por ciento. Por ejemplo, si uno compraba ochenta mil dólares de acciones, sólo tenía que pagar en efectivo veinte mil. El resto se le quedaba a deber al agente. Era como robar dinero.

[De forma similar funciona en la actualidad el mercado de compras a crédito en España, con una garantía del treinta y cinco por cien. Las cantidades tomadas a crédito suponen el pago de intereses. En los años previos al crash de 1929, los tipos de interés de estos préstamos oscilaron entre el 5 y el 12 por ciento anual, una cantidad insignificante comparada con los "beneficios" que se obtenían vía subidas de precios. Nota de E.G.]

[...] Ahora vengo de Wall Street y allí no se habla de otra cosa que del Cobre Anaconda. Se vende a ciento treinta y ocho dólares la acción y se rumorea que llegará hasta los quinientos. ¡Cómprala antes de que sea demasiado tarde! Lo sé de muy buena tinta. [...] Eramos propietarios de doscientas acciones de estos valores que rezumaban oro. El agente incluso nos felicitó. Dijo:

- No ocurre a menudo que alguien entre con tan buen pie en una Compañía como la Anaconda.

El mercado siguió subiendo y subiendo. Cuando estábamos de gira, Max Gordon, el productor teatral, solía ponerme una conferencia telefónica cada mañana desde Nueva York, sólo para informarme de la cotización del mercado y de sus predicciones para el día. Dichos
augurios nunca variaban. Siempre eran "arriba, arriba, arriba". Hasta entonces yo no había imaginado que uno pudiera hacerse rico sin trabajar.

Max me llamó una mañana [...]

-¿Por qué no abandonas el teatro y olvidas esos miserables dos mil semanales que ganas? Son calderilla. Tal como manejas tus finanzas, aseguraría que puedes ganar más dinero en una hora, instalado en el despacho de un agente de valores, que los que puedes obtener haciendo ocho representaciones semanales en Broadway.

Max -contesté-, no hay duda de que tu consejo es sensacional. Pero al fin y al cabo tengo ciertas obligaciones con Kaufman, Ryskind, Irving Berlin y con mi productor Sam Harris.

Los que por entonces no sabía era que Kaufman, Ruskind, Berlin y Harris también compraban a crédito y que, finalmente, iban a ser aniquilados por sus asesores financieros.[...]

-Max, ¿cuanto tiempo durará esto?

Max repuso, utilizando una frase de Al Jolson.

-Hermano, ¡todavía no has visto nada!

Lo más sorprendente del mercado, en 1929, era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin cesar. Un día, con cierta timidez, hablé a mi agente acerca de este fenómeno especulativo.

- No sé gran cosa sobre Wall Street - empecé a decir en son de disculpa- pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan ascendiendo? ¿No debiera haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones?

Por encima de mi cabeza, miró a una nueva víctima que acababa de entrar en su despacho y dijo:

- Tiene mucho que aprender acerca del mercado de valores. Lo que usted no sabe respecto a las acciones serviría para llenar un libro.

- Oiga, buen hombre -repliqué-. He venido aquí en busca de consejo. Si no sabe usted hablar con cortesía, hay otros que tendrán mucho gusto en encargarse de mis asuntos. Y ahora. ¿qué estaba usted diciendo?

Adecuadamente castigado y amansado, respondió:

- Tal vez no se dé cuenta, pero éste ha cesado de ser un mercado nacional. Ahora somos un mercado mundial. Recibimos órdenes de compra de todos los países de Europa, de América del Sur e incluso de Oriente. Esta mañana hemos recibido de la India un encargo para comprar mil acciones de Tuberías Crane.

[...]

Mientras el mercado seguía ascendiendo hacia el firmamento, empecé a sentirme cada vez más nervioso. El poco juicio que tenía me aconsejaba vender, pero, al igual que todos los demás primos, era avaricioso. Lamentaba desprenderme de cualquier acción, pues estaba
seguro de que iba a doblar su valor en pocos meses.

[...]

- Precioso, ¿Tienes algunas Goldman-Sachs?

- Dulzura -respondí (a este juego pueden jugar dos)-, no sólo no tengo ninguna, sino que nunca he oído hablar de ellas ¿Qué es Goldman-Sachs? ¿Una marca de harina?

Me cogió por ambas solapas y me atrajo hacia sí. Por un momento pensé que iba a besarme.

- ¡No me digas que nunca has oído hablar de las Goldman-Sachs! -exclamó incrédulamente-. Es la compañía de inversiones más sensacional de todo el mercado de valores.

Luego consultó su reloj y dijo:

-Hum. Hoy es demasiado tarde. La Bolsa está ya cerrada. Pero, mañana por la mañana, nene, lo primero que tienes que hacer es coger el sombrero y correr al despacho de tu agente para comprar doscientas acciones de Goldman-Sachs. Creo que hoy ha cerrado a 156 ¡y a 156 es un robo!

[...]

Entonces empecé a pasarme las mañana instalado en el despacho de un agente de Bolsa, contemplando un gran cuadro mural lleno de signos que no entendía. A no ser que llegara temprano, ni siquiera me era posible entrar. Muchas de las agencias de Bolsa tenían más público que la mayoría de los teatros de Broadway.

Parecía que casi todos mis conocidos se interesaran por el mercado de valores. La mayoría de las conversaciones se limitaban a la cantidad que tal y tal valor había subido la semana pasada, o cosas similares. El fontanero, el carnicero, el panadero, el hombre del
hielo, todos anhelantes de hacerse ricos, arrojaban sus mezquinos salarios -y en muchos casos sus ahorros de toda la vida- en Wall Street. Ocasionalmente, el mercado flaqueba, pero muy pronto se liberaba la resistencia que ofrecían los prudentes y sensatos, y

proseguía su continua ascensión.

De vez en cuando algún profeta financiero publicaba un artículo sombrío advirtiendo al público que los precios no guardaban ninguna proporción con los verdaderos valores y recordando que todo lo que sube debe bajar. Pero apenas si nadie prestaba atención a estos conservadores tontos y a sus palabras idiotas de cautela. Incluso Barney Baruch, el Sócrates de Central Park y mago financiero americano, lanzó una llamada de advertencia. No recuerdo su frase exacta, pero venía a ser así: "Cuando el mercado de valores se
convierte en noticia de primera página, ha sonado la hora de retirarse."

[...]

Un día concreto, el mercado comenzó a vacilar. Unos cuantos de los clientes más nerviosos fueron presas del pánico y empezaron a descargarse. Eso ocurrio hace casi treinta años y no recuerdo las diversas fases de la catástrofe que caía sobre nosotros, pero así como
al principio del auge todo el mundo quería comprar, al empezar el pánico todo el mundo quiso vender. Al principio las ventas se hacían ordenadamente, pero pronto el pánico echó a un lado el buen juicio y todos empezaron a lanzar al ruedo sus valores que por entonces solo tenían el nombre de tales.

Luego el pánico alcanzó a los agentes de Bolsa, quienes empezaron a chillar reclamando garantías adicionales. Esta era una broma pesada, porque la mayor parte de los accionistas se habían quedado sin dinero, y los agentes empezaron a vender acciones a cualquier precio. Yo fui uno de los afectados. Desdichadamente, todavía me quedaba dinero en el Banco. Para evitar que vendieran mi papel empecé a firmar cheques febrilmente para cubrir las garantías que desaparecían rápidamente. Luego un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando.

Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento
final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York.[...] Todo lo que dijo fue: "¡la broma ha terminado!" Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo.

En toda la bazofia escrita por los analistas del mercado, me parece que nadie hizo un resumen de la situación de una manera tan sucinta como mi amigo el señor Gordon. En aquellas palabras lo dijo todo. Desde luego, la broma había terminado. Creo que el único motivo por el que seguí viviendo fue el convencimiento consolador de que todos mis amigos estaban en la misma situación. Incluso la desdicha financiera, al igual que la de cualquier otra especie, prefiere la compañía.

Con frecuencia suelo hablar de "burbujas" especulativas. Este curioso término fue acuñado en Londres con motivo del crash de la South Sea Company en 1720 y alude al clásico mecanismo de la especulación: la cotización se hincha y se hincha cual burbuja, pompa
de jabón o globo de chicle hasta que revienta. Dentro no hay más que "aire", pero los incautos, cegados por la ambición, compran el aire como si fuera oro y luego se ven obligados a venderlo a precio de aire.

La South Sea Company nació premonitoriamente bajo el signo de la especulación en la más despectiva de las múltiples acepciones de la palabra: "Efectuar operaciones comerciales o financieras, con la esperanza de obtener beneficios basados en las variaciones de los
precios o de los cambios. Usada frecuentemente con sentido peyorativo."

Fue fundada en 1711 por Robert Harley, Conde de Oxford. Su gerente fue un tal John Blunt, antiguo escribiente, y sus financiadores un grupo de comerciantes ingleses que doblaron sin
esfuerzo el dinero invertido mediante una ingeniosa operación de "ingeniería financiera". Para entenderla son precisas unas breves pinceladas históricas.

En 1711 Inglaterra arrastraba la carga de una gran deuda pública producto del esfuerzo colonial y de las continuas guerras  (en ese momento estaba comprometida con el archiduque de Austria en la Guerra de Sucesión Española). Cabía poner en duda la solvencia de la Corona Inglesa para atender su deuda, por lo que cotizaba por debajo de su valor nominal (como ha pasado en fechas recientes con la deuda de los países latinoamericanos).

Asimismo, era norma general que las metrópolis se reservaran la exclusiva del comercio con sus colonias. Les exportaban productos manufacturados a cambio de materias primas, productos exóticos y metales preciosos. Ni que decir tiene que se trataba de relaciones de
intercambio desigual en detrimento de la colonia (fue una de las razones de la secesión de las colonias inglesas de America del Norte que dió lugar al nacimiento de Estados Unidos. Luego los norteamericanos han aprendido muy bien a hacer lo mismo). La entrada de potencias extranjeras en el comercio con una colonia necesitaba de la anuencia de la metrópoli correspondiente.

La South Sea Company negoció con el gobierno inglés la compra y amortización de deuda pública por importe de 10 millones de libras, deuda financiada mediante la emisión de acciones de la Compañía. A cambio recibiría a perpetuidad un 6% anual del importe de la deuda amortizada y la concesión de la exclusiva del comercio inglés con las colonias sudamericanas... de España.

Es decir, una acción de la South Sea Company era una mezcla de un bono de deuda perpetua al 6% más una exclusiva de comercio en teoría con unos beneficios potencialmente fabulosos; en la práctica tales beneficios apenas existían, puesto que España no estaba dispuesta a permitir la entrada masiva de los competitivos productos ingleses en el mercado cautivo de sus colonias.

Los bonos canjeados cotizaban en el mercado secundario alrededor de 55. En los meses previos a la operación los promotores de la South Sea Company compraron en secreto bonos que se convirtieron automáticamente en acciones a la par en la proporción de uno por uno. La mejora en la solvencia del gobierno inglés (al haber convertido en perpetuo un porcentaje significativo de la deuda) permitía confiar en el abono regular de los intereses pactados y, si añadimos el descuento de las expectativas de comercio con las colonias españolas, no es de extrañar que las acciones cotizaran en la bolsa a la par, incluso un
poco por encima. Los suscriptores de los bonos habían doblado su inversión sin esfuerzo y sin apenas riesgo. Un estupendo negocio pero modesto comparado con lo que estaba por venir.

Durante años la cotización se movió levemente por encima de la par en un típico "suelo durmiente" sin variaciones y con escasa actividad. Se cobraban regularmente los intereses pactados, pero el comercio apenas aportaba nada. España dejaba entrar con cuentagotas a
los barcos de la Compañía.  Además parece ser que la gestión era bastante mala, incluyendo episodios como enviar un cargamento de lana a un puerto equivocado, en donde se pudrió. Los responsables manejaban con mucha más habilidad las buenas relaciones con el gobierno y los políticos de la época que el negocio en sí. Así en 1717 hubo una nueva

"privatización" de deuda pública por la que compitieron la South Sea y el Banco de Inglaterra. Las buenas influencias en el Parlamento permitieron a la Compañía adquirirla al 5%.

El drama comenzó a gestarse en 1719 como consecuencia indirecta de otra operación especulativa, la de la Compagnie d'Occident o Compañía del Misissipi como se la conocía popularmente. Su promotor era un escocés llamado John Law, que más bien debió
apellidarse Outlaw a la vista de su azarosa juventud: prófugo de la justicia que le acusaba de asesinato, se ganó la vida como jugador de dados, probablemente haciendo trampas.

A pesar de semejantes antecedentes Law, que en sus ratos libres elucubraba ingeniosas operaciones financieras (otro "ingeniero"), logró ganarse la confianza del regente francés Felipe de Orleans (Luis XIV había muerto y Luis XV era menor de edad). Francia tenía el mismo problema con la deuda pública y Law encontró la solución. El Gobierno otorgó a la Compañía del Missisipi, controlada por Law, la explotación de los yacimientos de oro que supuestamente existían en la Luisiana. Se hizo una OPV y el éxito desbordó todas las
previsiones. La gente convenientemente "calentada" por los rumores sobre las fabulosas reservas de oro compraba frenéticamente, lo que permitía realizar nuevas emisiones, a pesar de lo cual el precio se disparaba hasta rozar los 2.000 francos, partiendo de un nominal de 100. En realidad, el dinero obtenido se entregaba al Gobierno para tapar los agujeros financieros y la Compañía no llegó a tener actividad alguna, pero daba igual, el personal compraba y compraba al constatar que las acciones no dejaban de subir, con lo cual mantenían la subida.

La fama de la Compañía del Misissipi trascendió las fronteras y el ahorro inglés comenzó a afluir masivamente a Francia en pos de la quimera del oro de la Luisiana. Alarmado, el Gobierno inglés pensó, no sin lógica, que podía montar una versión inglesa de la Compañía del Misissipi, y para ello nada mejor que la de los Mares del Sur que ya existía sobre bases similares. Por esta época Inglaterra estaba en guerra con España (debido al intento español de recuperar sus posesiones italianas que le enfrentó con el resto de Europa) y las rutas de comercio bloqueadas. Sin embargo, a finales de 1719 se vislumbraba la paz que efectivamente se firmaría en 1720.

A principios de 1720 la South Sea cotizaba a 128. Decidida a hacer frente a la Compañía del Misissipi se ofreció a hacerse cargo de la deuda nacional en su integridad (31 millones de libras). El 22 de enero se nombró un cómite para estudiar la propuesta y el 2 de febrero
se presentó al Parlamento el correspondiente proyecto de ley. La cotización "despertó" y en pocos días se puso en las 176 libras. Con notable patriotismo, los especuladores ingleses liquidaban sus posiciones en Francia e invertían el dinero en la South Sea.

Para "calentar" la cotización se hizo correr el rumor de que España aceptaría la liberalización de su comercio colonial a cambio de contrapartidas como la devolución de Gibraltar. Para "engrasar" el trámite parlamentario se repartían opciones de compra a la cotización del día y sin ningún desembolso. Más adelante, una vez que las acciones habían subido, el beneficiario ejercía la opción vendiendo a precio de mercado y embolsandose limpiamente la diferencia. Se buscaron personas influyentes de derecho, tales como ministros y parlamentarios, pero también de hecho como la amante del rey y sus "sobrinos" (muy parecidos a Su Majestad). En marzo las acciones llegaron a cotizar a 330.

La burbuja había comenzado a hincharse hasta ser evidente su naturaleza para los participantes más expertos y racionales. Como siempre sucede en estos casos se dividieron en dos bandos que se pueden simbolizar en los comentarios de dos banqueros de la época. El frances Martin suscribió 500 libras y se justificó con la afirmación: "cuando el resto del mundo enloquece debemos imitarle en cierta medida". El holandés Crellins se mantuvo al margen, observando fríamente que parecía "ni más ni menos como si todos los locos
hubieran escapado al mismo tiempo del manicomio".

El 7 de abril se aprobó el proyecto de Ley y los más astutos aplicaron el precepto "compra con el rumor y vende con la noticia". En dos días la acción cayó hasta 278. Sin embargo, el 12 de abril los directivos de la South Sea, sin dejarse intimidar, lanzaron una emisión a 300 libras con un desembolso inicial de 60 libras y el resto en ocho cómodos plazos. Su Majestad, convenientemente aconsejado, suscribió 100.000 libras y se hicieron circular nuevos rumores sobre las perspectivas de la compañía. En aquella época no había televisión
para promover las OPV's pero se hizo lo que se pudo: tengo ahora mismo a la vista un hermoso mapa de América del Sur utilizado por la South Sea Company a modo de folleto publicitario. Toda la inmensa región, a excepción de Brasil, se proclamaba como territorio de explotación comercial de la compañía, pasando por alto el hecho del permiso de

España (o dando por supuesto que iba a existir).

La acción subió a 340 y la compañía respondió anunciando un dividendo del 10% y una nueva emisión a 400 libras. A finales de mayo las acciones se cotizaban a 550. En junio se lanzó una nueva emisión con un plan de pago todavía más cómodo: 10% del pago inicial sin
ningún otro pago durante un año. Las acciones se fueron por encima de 700 libras en junio, aunque con una fuerte volatilidad que contrastaba con la subida en vertical de los meses anteriores: se estaba formando el hombro derecho de una de las dos H-C-H más famosas del análisis técnico (la otra es la de Wall Street en 1929).

Al otro lado del canal las cosas no le iban nada bien al ingeniero financiero John Law. Había recurrido a ingeniosos trucos como "pasear", equipados con picos y palas, a mendigos reclutados al efecto, a fin de dar la sensación que se reclutaban obreros para la explotación de las minas. Pero llegó un momento en que se le acabaron los conejos de la chistera. Además de la Compañía del Missisipi, la pieza clave de su entramado era la Banque Royal con autorización para emitir billetes teóricamente canjeables por oro. Cuando comenzó a
perderse la confianza en la solvencia de todo el montaje los propietarios de los billetes acudieron masivamente al banco a canjear los billetes por oro, oro que no existía más que en mínima proporción.Hubo que declarar los billetes no convertibles y sobrevino el colapso.

Law tuvo que salir por piernas, protegido por el regente, y los millonarios franceses (se dice que este término se inventó entonces) se encontraron tan pobres como al principio.

Inglaterra más atrasada en el ciclo especulativo lo vivía en todo su auge, quealcanzó caracteres inusitados. Se produjo una proliferación de nuevas compañías que aprovechaban la euforia reinante para colocar sus acciones. Algunas planteaban iniciativas, arriesgadas e inciertas pero al menos sensatas, como construir barcos para combatir la piratería o la de aquellas esforzadas mujeres que se unieron para montar una empresa de confección "resueltas como un solo hombre (sic) a no admitir a ningún varon, sino que se suscribirían
ellas mismas a una sociedad anónima para llevar a cabo el mencionado negocio". Otras se mostraban más consecuentes con el ambiente de locura colectiva y proponían objetos sociales tales como la obtención de metales preciosos a partir del mercurio, la extracción de luz solar de los pepinos(!) y, como no, la creación de la rueda de movimiento perpetuo. Pero la más divertida de todas fue aquella en la que su promotor anunció solemne que se traba de una "compañía para asumir y llevar a cabo empresas muy ventajosas, pero que nadie debía conocer". Aunque parezca increíble, sin otro argumento que éste y la promesa de mejorar en beneficios a cualquier otra sociedad, recaudó 2.000 libras, tras de lo cual se esfumó y no volvió a saberse nada de él (hay que reconocer que no mentía: la empresa era muy ventajosa para él y para asegurar su éxito nadie debía conocer su verdadero objetivo de estafar a los ingenuos).

El Parlamento decidió poner prohibir estas "burbujas" (bubbles) y promulgó a tal efecto la Bubble Act, una ley que, bajo pretexto de proteger a los inversores, los dejaba indefensos en las manos de la "burbuja madre" la de la South Sea a la que por supuesto no se tocaba.

En el mes de junio las acciones se dispararon hasta tocar en un momento el máximo de 1050. Por esta época los propietarios y gestores de la Compañía habían comenzado en el mes de julio el clásico proceso de distribución vendiendo sus acciones lo que, como suele
suceder produjo un insidioso pero imparable debilitamiento de la cotización. Desde los máximos la cotización fue bajando a lo largo de julio y agosto, con lentitud y ocasiones rebotes.

El 31 de agosto, todavía por encima del 800, después de un último rebote (el hombro derecho de la H-C-H) la compañía anunció el abono de un dividendo del 50% durante los próximos doce años, sin explicar cómo podría hacerlo. Las acciones siguieron bajando hasta
romper la "clavícula", situada alrededor del 725, el 3 de septiembre.

Entonces estalló el pánico y la cotización se hundió en un proceso de caída escalofriante sin apenas pausas ni rebotes. El 30 de septiembre las acciones estaban a 150 libras: una caída de más del 80%
en un mes.

El gobierno intentó desesperadamente salvar la situación con declaraciones públicas y apoyos financieros del Banco de Inglaterra. Tras algunos rebotes, en donde las acciones lograron remontar por encima del 200, la cotización se vino abajo definitivamente hasta los
125 del mes de diciembre: el círculo de la especulación se había cerrado y las acciones volvían a su valor primigenio, acorde con los fundamentales de la sociedad.

(Para entender el significado de todas las cifras y hechos manejados podemos hacer un ejercicio de transposición a nuestra realidad. Supongamos que Villalonga se descuelga con la propuesta de que Telefónica se va a hacer cargo de la deuda pública española a cambio de un interés fijo y de la posibilidad de arrebatarle a la ATT y demás compañías de telecomunicación el tráfico telefónico de larga distancia en Estados Unidos (a través de un acuerdo de estado negociado entre España y USA). Si la repercusión en las cotizaciones
fuera como la de la South Sea, podemos tomar la cotización de Telefónica a principios de año como el equivalente del 128 de la South Sea y por una sencilla regla de tres, ver como va evolucionando a lo largo del año).

John Blunt tras sobrevivir a un atentado, obra sin duda de un accionista un tanto descontento de su gestión, optó por salvar el pellejo solicitando la protección del gobierno a cambio de denunciar a los políticos y demás personas influyentes implicadas en la maniobra. Hubo detenciones, confiscación de propiedades, expulsiones del Parlamento y hasta algún suicidio, que nunca falta en estos culebrones. Pero la ruina de miles de personas era inevitable y la secuela subsiguiente también: Inglaterra vivió una larga y profunda recesión en los años siguientes.

Lo curioso del asunto es que la South Sea no desapareció. En la medida que poseía una fuente de ingresos fija y segura, aunque modesta, vivió una existencia tan larga como apacible hasta 1855 en que las acciones volvieron a ser canjeadas por bonos y la compañía se disolvió.

Entre las víctimas de la crisis figuró una muy ilustre: Isaac Newton. A finales de abril tomó beneficios obteniendo 7.000 libras limpias. Pero en el momento culminante de la especulación volvió a entrar, arrepentido del dinero que había dejado de ganar, y terminó
por perder 20.000. La semana pasada vimos como Groucho Marx fue capaz de rememorar la traumática experiencia con gran lucidez e inclusohumor. En cambio, Newton no soportó a lo largo del resto de su vida cualquier mención a la South Sea, un mecanismo defensivo típico en muchas personas arruinadas por la especulación. Eso sí, se permitió una frase para la historia:

"Soy capaz de predecir el movimiento de los astros pero no la locura de las multitudes"
 

Dentro de los tópicos sobre los caracteres de los pueblos nadie duda en asignar a los holandeses virtudes como el pragmatismo o la sensatez en grado sumo. Desde su independencia de España, a finales del siglo XVI, Holanda, apoyada en un importante poderío naval, se dedicó a la colonización de los inmensos territorios que se iban
descubriendo en América y en Asia, en donde establecía factorías, colonias orientadas a la producción y al comercio, evitando en lo posible las costosas aventuras militares. Pieza clave fueron las Compañías de Indias, financiadas por la naciente burguesía holadensa, que desarrollaron con eficacia el comercio y la explotación de las riquezas coloniales. Sobre el talante de los holandeses es famosa la anécdota de la compra de la isla de Manhattan a los indios por una ridícula cantidad, en vez de intentar someterlos militarmente. A veces se ha dicho que fue la mejor inversión inmobiliaria de la historia vista la revalorización posterior, aunque lo cierto es que los holandeses no han podido beneficiarse de ella: años después la isla fue conquistada militarmente por los ingleses, quienes convirtieron Nueva Amsterdam en la actual Nueva York.

Dice mucho de la condición humana que tan sensato pueblo protagonizara el primer episodio de especulación salvaje en la historia moderna, quizá el mayor habido jamás en términos relativos, episodio que suele ser llamado con sarcasmo  "la fiebre de los tulipanes".

Asociamos los tulipanes a Holanda pero lo cierto es que no se trata de una planta autóctona. Los tulipanes son de origen turco y llegaron tardíamente a Europa, más concretamente a Alemania, en 1559 adquiridos por un tal Herwart, coleccionista de flores éxoticas. Sobre su llegada a Holanda hay diversas versiones. Una de ellas sostiene que
un profesor de botánica los llevó a Leyden en 1593 con la intención de obtener una sabrosa ganancia mediante su venta como una planta éxotica para los jardines. Su especulación se frustró porque se los robaron, vendiéndose después a un precio inferior, es de suponer que en algún mercado "gris", siendo benévolos con el color. Según historiadores más prosaicos, el tulipán llegó pacificamente a Amberes traído por un mercante procedente de Constantinopla. En cualquier caso se difundieron ampliamente y comenzó su producción masiva que se ha mantenido hasta nuestros días.

A principios del siglo XVII Holanda vivía una época de gran prosperidad debido a las circunstancias reseñadas al comienzo de este artículo. Había unos tulipanes "corrientes", producidos en grandes cantidades y por ello baratos. Pero algunos fueron atacados por un
virus llamado "mosaico", que no los marchitaba pero alteraba los colores de los pétalos originando unas franjas de gran contraste, las "llamaradas", de fuerte impacto estético. Sus bulbos, bastante raros, se convirtieron en un artículo de lujo, incluso de colección. Era de

muy buen gusto en las clases adineradas de Holanda tener una bonita colección de tulipanes raros, como hoy se coleccionan cuadros, sellos o manuscritos de Leonardo da Vinci.

La fuerte demanda comenzó a tirar de los precios para arriba. La economía holandesa había alcanzado el suficiente grado de sofisticación como para desarrollar unos mercados financieros en la moderna acepción. Se creó una especie de mercado de futuros sobre el
tulipán en donde los especuladores empezaron a formalizar contratos de grandes reservas de bulbos para anticiparse a las subidas de precios. Esto por sí mismo hacía subir los precios, creandose el clásico circulo vicioso compra-ascenso precios-compra. A medida que los especuladores iban obteniendo beneficios espectaculares en las operaciones con los tulipanes, sus amigos y conocidos iban tomando conciencia de su estupidez al dedicarse al trabajo cotidiano, que solo permitía obtener una ganancia pequeña y encima a costa de un gran esfuerzo. Entonces entraban en la rueda de la especulación abandonando con frecuencia sus actividades anteriores.

La locura se había desatado y alcanzó grados increíbles, quizá consecuencia paradójica del tópico sobre el carácter holandés: nadie más insensato que un sensato arrepentido. Charles Mackay publicó a mediados del siglo XIX, un libro sobre las euforias y crisis financieras padecidas hasta entonces que se ha convertido en un gran clásico de referencia sobre el asunto. Así describe la fiebre de los tulipanes:

"La demanda de los tulipanes de una especie rara se incrementó tanto en el año 1636, que se establecieron mercados para su venta en la Bolsa de Amsterdam, así como en Rotterdam, Haarlem, Leyden, Alkmar, Hoorn y otras ciudades... Al principio, como en todas estas manías de juego, la confianza estaba en su punto culminante, y todo el mundo
ganaba. Los traficantes de tulipanes especulaban con el alza y caída de las existencias, y obtenían cuantiosos beneficios comprando cuando los precios bajaban y vendiendo cuando aumentaban. Muchas personas se hicieron ricas súbitamente. Un cebo de oro pendía tentador ante los ojos de los hombres que, uno tras otro, corrían hacia los mercados de

tulipanes como las moscas en torno a un bote de miel. Todos imaginaban que la pasión por los tulipanes iba a durar siempre, y que la riqueza de todas las partes del mundo afluiría a Holanda y pagaría los precios que se quisieran. Las riquezas de Europa se concentrarían en las orillas del Zuyder Zee, y la pobreza quedaría desterrada del suave clima neerlandés. Nobles, burgueses, granjeros, peones, marinos, lacayos, sirvientas e incluso deshollinadores y traperas especulaban con tulipanes. Personas de toda condición liquidaban sus propiedades e invertían el producto en flores. Se ofrecían a la venta casas y campos

a precios ruinosamente bajos, o bien se entregaban como pago en las transacciones efectuadas en el mercado de tulipanes. Los extranejros sucumbieron al mismo frenesí, y el dinero se vertía en Holanda desde todas partes. Los precios de los artículos de primera necesidad se incrementaron de nuevo gradualmente, y con ellos aumentaron de valor

casas y campos, caballos y carruajes así como toda clase de manufacturas de lujo; durante unos meses, Holanda parecia la mismísima antecámara de Pluto. Las operaciones mercantiles se tornaron tan amplias e intrincadas, que fue preciso promulgar un código legal para que sirviera de guía a los comerciantes... En las ciudades más pequeñas, donde no había lonja de contratación, solía escogerse la taberna principal como lugar de exhibición, donde poderosos y humildes traficaban con tulipanes y cerraban sus transacciones con suntuosas fiestas. En ellas se reunían a comer hasta doscientas o trescientas personas, y en las mesas y aparadores se colocaban, a intervalos regulares, grandes floreros con tulipanes en sazón para su solaz durante el convite."

En cierta ocasión, llegó un barco cargado de valiosas mercancías y se comisionó a un marinero para que informase a un determinado comerciante de su existencia. Tan satisfecho quedó el comerciante del buen negocio que podía hacer con la información que
acababa de obtener en exclusiva, que invitó al marinero a un desayuno de arenques a modo de recompensa. El marinero, desconocedor del valor de los tulipanes, vió un bulbo en un aparador y tuvo la desdichada ocurrencia de añadirlo a los arenques a modo de guarnición. Se trataba de un ejemplar de una especie especialmente rara y valiosa, por lo que

probablemente fue la comida más cara que se haya degustado jamás, merecedora de entrar en el libro Guinness. El pobre marinero fue encarcelado, pero como no podía devolver el tulipán más que en la acepción escatológica del término el comerciante lo perdió

definitivamente.

Podemos hacernos una idea muy intuitiva del precio que llegaron a alcanzar los tulipanes debido a que muchas transacciones no se formalizaron en dinero sino contra bienes que poseía el comprador. Hay contratos alucinantes. Por ejemplo, un bulbo de la especie "Semper Augustas" (la misma de la que el marinero devoró un ejemplar) llegó a cambiarse por 4.600 florines, un carruaje nuevo y "dos yeguas rucias con sus atalajes y arneses" (a modo de referencia, un buey costaba 120 florines). Otro costó a su comprador 24 carretadas de grano, ocho cerdos cebados, cuatro vacas, cuatro barriles de cerveza, 500 kilos de mantequilla y varias toneladas de queso. Un fabricante de cerveza cambió su fábrica por tres bulbos. Se había llevado a sus últimas consecuencias el viejo dicho de los especuladores: "el valor de algo es lo que el comprador está dispuesto a pagar por él".

El momento culminante de la especulación se produjo en enero de 1637. Según parece, en el transcurso de dicho mes la locura hizo multiplicar por veinte los precios. En ese momento se desencadenó el clásico mecanismo de los crash. Algunos especuladores, más listos que
la mayoría, intuyeron la imposibilidad de mantener la burbuja, empezaron a vender y el sentimiento de pánico se apoderó de la sociedad holandesa con la misma violencia con la que había vivido la euforia.

De repente los antiguos propietarios de caballos, carruajes o fábricas de cerveza se encontraban sin sus anteriores propiedades y con una "cosa" que nadie quería comprar y carente de todo valor intrínseco. Pero la situación más dramática se dió con los contratos
de futuros. Solían formalizarse con una garantía de entre el 10 y el 20%. A su vencimiento los vendedores exigieron el cumplimiento a los compradores. Estos no sólo no tenían el importe del contrato sino que en muchos casos se habían hipotecado para pagar la garantía. El Gobierno intervino buscando algún compromiso para evitar que a la ruina de los compradores sucediera la de los vendedores. Se declararon inválidos los contratos anteriores a noviembre de 1636 y los posteriores quedaron automáticamente reducidos al 10% de su valor nominal. Ni siquiera después de tan brutal quita los compradores pudieron hacer frente a sus compromisos, y se produjo una oleada de bancarrotas: "comerciantes prósperos quedaron reducidos casi a la mendicidad, y muchos miembros de la nobleza asistieron a la ruina irremediable de sus casas".

La economía holandesa que probablemente era la más próspera y estable del mundo antes de la fiebre quedó destrozada por la inflación y el desorden de la fase especulativa y por la posterior depresión que duró varios años. Aunque no he visto ninguna referencia expresa en los libros de historia es probable que este episodio influyera en la decadencia de Holanda a partir de la segunda mitad del siglo XVII, donde fue desplazada como potencia emergente por Francia e Inglaterra.

Pero no todo fue malo como observa poéticamente Galbraith:

"El colapso de los precios de los tulipanes y el consiguiente empobrecimiento tuvieron como efecto congelar la vida económica holandesa en los años que siguieron: se produjo, para expresarlo en terminología moderna, una considerable y duradera depresión. Hubo un
solo resultado que compensara de tanta pérdida: el cultivo del tulipán prosiguió en Holanda, y con el tiempo se desarrollaron amplios mercados para flores y bulbos. Todo el que haya contemplado en primavera los campos de tulipanes en ese tranquilo y agradable país, no puede sustraerse al sentimiento de que la tulipamanía fue la precursora de un auténtico don de la naturaleza".

 



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